Cambio libertad por un poco de conocimiento

25 marzo 2012

Cochrane de uniforme durante la Guerra Civil

Yo no creo en los médicos, creo en la medicina. Para precisar los términos de mi fe, diremos que creo en la medicina a partir del momento en que esta comienza a ser científica, más o menos a partir de Pasteur que, precisamente, no era médico. Uno de los héroes que han contribuido a que la medicina sea más científica es Archie Cochrane. Su biografía es muy interesante. Es conocido por ser un pionero de los RCT (randomised controlled trials) o pruebas controladas aleatorias.
Cochrane era un neumólogo escocés que en 1938, dos años antes de licenciarse, se alistó voluntario en la British Ambulance Unit de las Brigadas Internacionales.  Su experiencia durante nuestra guerra y durante la guerra mundial en varios campos de prisioneros le llevaron al convencimiento de que muchos tratamientos que se aplicaban no estaban respaldados por evidencias suficientes.

Archie Cochrane encontró este cartel en Sudamérica y lo conservó siempre en su despacho

En esa época escribió, “Yo sabía que no había evidencia real de que nada de lo que podíamos ofrecer tuviese efecto sobre la tuberculosis, y me temía que había acortado la vida de algunos de mis amigos con intervenciones innecesarias”. Respecto a lo que en su tiempo se denominaba “libertad y democracia clínica” como una forma de entender la práctica médica basada en la libertad inalienable del profesional para emplear la intuición y la experiencia, él afirmaba que hubiera renunciado a parte de su libertad a cambio de un poco de conocimiento. Para mí eso es una prueba de dignidad profesional y compromiso con los demás.

Por eso, siempre que tengo dudas acerca de algún aspecto relacionado con la salud consulto la Cochrane Collaboration, un proyecto de puesta en común de toda la información médica contrastada que evalúa la efectividad de toda clase de terapias.

Por si acaso, hize el esfuerzo de leerme un artículo crítico con la Cochrane Collaboration publicado en una revista de salud pública en la que se tilda el proyecto nada menos que de fascista (!), Se trata de un artículo que pretende, siguiendo a Derrida y Guattari, deconstruir y deslocalizar (unmapping) los objetivos fascistas de la medicina basada en la evidencia para desenmascarar su política oculta capitalista y occidental. Viendo que uno de los autores es un profesor de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Ottawa, me lo leí por si denunciaba alguna servidumbre de la Cochrane respecto a algún grupo de presión, pero falsa alarma, todo el artículo es bla-bla-bla seudoprogre.  No hay ninguna acusación concreta, simplemente, que les parece que pretender ordenar lo que se sabe y lo que no les suena a fascismo porque algunas seudociencias no han quedado bien paradas. Según los autores, desde el poder se pretende silenciar cualquier otra forma de conocimiento que no sea la “científica occidental”.
He aquí algo que no entiendo. Si otras formas de conocimiento son también útiles ¿por qué ese empeño del poder por silenciarlas? ¿Qué tiene de peligroso para el poder la astrología o la medicina basada en anécdotas? Si la homeopatía cura a la gente, pues no hay más que comprar acciones de Boiron y ya está… a hacer pasta. ¿Cuál es el problema? ¿Qué tiene de subversiva la homeopatía?

Reclamar libertad para tratar a un paciente como mejor te parezca es algo tremendamente siniestro. Cochrane se dió cuenta de que si todo dependía de la libertad y la creatividad del médico es que algo estábamos haciendo mal. El pensamiento especulativo está muy bien para una charla de sobremesa, pero es que se trata de curar a la gente. Yo creo que aquí hay un problema de índole moral. Hay profesionales de la salud cuyo compromiso con los demás no es lo bastante fuerte como para renunciar a la libertad para divagar.

Llamar fascista a Cochrane es uno de esos exabruptos que producen regularmente los radicales de sofá. Nihilistas destructivos que creen que lo progre es creer estupideces. La posmodernidad ha generado estos personajes falaces y pedantes a los que me propongo dedicar un par de entradas.


Medicinas de verdad para enfermos de verdad

4 julio 2011

La industria farmacéutica es muy mala, pero no porque inventen virus apocalípticos por encargo de los illuminati, sino porque falsean la información respecto a algunos medicamentos que en realidad son inútiles, ocultan información sobre la peligrosidad de otros y, sobre todo, porque su política de patentes impide el acceso a los medicamentos a millones de enfermos que los necesitan.

Health Action International, por ejemplo, pide acceso universal a los antiretrovirales. HAI tiene entre sus objetivos luchar por la transparencia en las decisiones sobre los medicamentos, que esas decisiones estén basadas en ciencia y  que todas las medicinas en el mercado respondan a verdaderas necesidades médicas; que supongan una mejora terapéutica; que sean razonablemente seguras y que valgan lo que cuestan.

HAI advierte contra las donaciones de medicamentos: En vez de hacer “generosas” donaciones cargadas de condiciones para el receptor, lo que debe exigirse a las farmacéuticas es que liberen las patentes y no se opongan a la fabricación de genéricos, que pueden ser elaborados en muchos casos por los laboratorios de los países pobres, abaratando enormemente los tratamientos. Esta es una política contraria a los intereses de las farmacéuticas en la que HAI cuenta con el respaldo de  la OMS.  Eso es lo que necesita la gente en África para luchar contra el SIDA y contra tantas enfermedades. No homeopatía, ni ajo, ni reiki. Medicamentos de verdad para enfermos de verdad. Por cierto que los mensajes demagógicos contra la OMS a raíz de la gestión de la gripe A nos hacen olvidar que muchos miles de personas siguen vivas gracias a que la OMS ha defendido a países como Brasil en su política de genéricos contra el SIDA y se ha enfrentado a los EEUU y las farmacéuticas por ello.


Cunqueiro y las sirenas

18 marzo 2011

Don Álvaro Cunqueiro era un erudito, un personaje de los que ya no quedan, y su conocimiento de la sabiduría clásica, medieval y renacentista le convertían en un contador de historias subyugante, abundante en detalles que mezclaban lo fantástico con lo cotidiano. Un gran fabulador al estilo atlántico.

En comparación, toda esa mitología de yetis, OVNIS y Atlántidas que intentan hacernos creer los “new age”, son historietas cutres torpemente hilvanadas por gente iletrada cuya única cultura es la televisión, las noveluchas baratas y las películas de serie B.

Además, Cunqueiro tuvo siempre el detalle de no insistir en que lo que contaba fuese verdadero. Como decía un tío mío también muy fabulador: “puede ser verdad y no haber sucedido”.

¡Que fortuna ser capaz de inventar tan encantadoras patrañas y tener el don de saberlas contar!

¡Qué patético el ingenuo que cree fantasías prestadas y que intenta desesperadamente que los demás también las crean!

Como homenaje a este ameno escritor, he copiado aquí uno de sus artículos, cuyo colofón, especialmente, me ha llegado al alma.

Barato de sirenas

Dejando a un lado griegos y romanos con sus antepasados míticos, podemos hallar en las cartas ejecutorias de la nobleza española, y de la europea en general, a extraños ascendientes, que, si hacemos caso, por ejemplo, a la Real Chancillería de Valladolid, no hay más remedio que aceptar. Familias hay que probaron venir de Pompeyo, del Rey Wamba, de un sobrino de Carlomagno o del Basileo de Constantinopla.  Yo conozco a alguien que entre sus abuelos tiene nada menos que a un emperador romano, a un rey lombardo y a un par de Francia, y por Zaragoza andaba, hace bien pocos años, nada menos que el que se decía Láscaris, emperador de Bizancio, rey legítimo de Grecia. Claro que le discutiría estos títulos el descendiente del último Paleólogo que reinó en Constantinopla, y que no se sabe cómo apareció en Cornualles, en Gran Bretaña. Steven Runciman, el gran historiador de las Cruzadas y de la caída de Constantinopla, no cree en tales Paleólogos de Cornubia – familia, por otra parte, que acabó en Barbados – , y dice que las dos patéticas águilas esculpidas el sepulcro de Teodoro el Paleólogo en la iglesia de Landulph en Cornualles, “lamentablemente están fuera de lugar”. En Francia hay un ilustre linaje que dice descender de Simón Cirineo, y otro, los Lévi-Mirepoix, emparentados con la Virgen María. Se ve que en Francia no regía el estatuto del limpieza de sangre, con lo cual no importaba tener en la propia unas gotas de la hebrea. De un duque de Leví-Mirepoix se contaba que, cuando iba a oír misa a Nôtre-Dame de París, decía:

- ¡Me voy un rato a casa de mi prima!

Hablo de esto ahora mismo porque, en una revista belga de genealogía, un erudito en estas cuestiones estudia nada menos que diecisiete linajes de Bretaña, Dinamarca, Inglaterra e Irlanda que dicen descender de sirenas de la mar. Si el profesor Van Oesten estuviera al tanto de las genealogías gallegas, tendría que añadir alguno más, que aquí también hay descendencia de sirena: los Mariño, los Padín, los Goyanes, que creo vengan todos de la misma fábula. (Yo estoy entre éstos, por mi abuelo paterno, don Carlos Cunqueiro y Mariño de Lobeira). La cosa es que una sirena de la mar apareció preñada nada menos que de don Roldán, el amigo de Carlomagno, que tan triste muerte tuvo en Roncesvalles. Dónde se conocieron el señor de la marca de Bretaña y la sirena nadie lo dijo. Cómo fueron de solazados aquellos amores, y cómo el caballero superó las dificultades que llamaremos físicas y engendró en la niña cantora, nin se sabe. A los nueve meses, la sirena apareció en una playa gallega, creo que del mar de Arosa, y parió. Gente atraída por su canto, recogió al hijo, un hermoso mamoncete que fue bautizado Palatinus por ser su padre el paladín Roldán. Sería la sirena quien lo contaría a quienes se quedaron con el crío para criarlo, mientras la madre se volvía a las mareas. Y de Palatinus, por corrupción, vino Paadin, Padin.  Y por aquí, por Galicia, andamos unas cuantas docenas de descendientes del hijo de la sirena, y la verdad no se nos nota en nada. ¡Si hubiéramos conservado de la sirenita el enorme poder de seducción! En fin, si en la familia hay un ginecólogo, debería ponerse a estudiar cómo pudo engendrar, como pudo parir. Por la piedras de armas se ve que era una verdadera sirena, muy feliz, de pechicos levantados, y con una cola que se parece a la del salmón, el más perfecto de los peces.

Hace varios siglos que no se ven sirenas de la mar, ni se escucha su cantar cálido y persuasivo. El padre Feijoo no creía en ellas: no las hubo nunca, decía. En cambio creía en los tritones, “aunque su voz haya sido escuchada modernamente”. En cambio en Normandía, en Ruán, se creyó tanto en ellas, que los canónigos quisieron cobrarles impuesto en los días de los cardenales de Amboise, y cuando allí fue quemada Juana, la buena lorenesa. Si un mozo aparecía muerto en la desembocadura del Sena, los canónigos acusaban a las sirenas y las multaban, y las convocaban a que viniesen a recibir el castigo junto a la Puente Matilde. Alguna debió acudir a la cita, porque los canónigos sabían que una de las señas de la sirena era el no tener ombligo.

Ustedes dirán que andamos perdiendo el tiempo en tonterías tratando de sirenas. Quizá. Pero por lo menos más divertida, sabrosa cosa es que tratar de bioenergética y extraterrestres. Ahora mismo, lunes 5 de noviembre, a las dos y media de la tarde, he visto en la “tele” a un profesor de bioenergética y a un tipo que rastreó todas las huellas posibles de extraterrestres en el planeta nuestro. La verdad, escuchando a tales “científicos”, uno se pone colorado. En un país como España, donde tan poco aprecio se da a la ciencia verdadera y al estudio, donde la investigación científica gasta menos que una jornada de quinielas, es bien detestable echar esos retazos a la gente. Quedémonos con las sirenas.


Optimismo dogmático, o el 2000 ya no es lo que era

6 febrero 2011

No seamos alarmistas, todo va a ir bien, nunca pasa nada (o, al menos a mí, no me ha pasado nunca nada). Esa es la idea subyacente en discursos como el de este fulano en el TED. Se titula “Las ideas tienen sexo”, las ideas se reproducen. Es cierto. Las ideas tienen un efecto acumulativo que dispara el desarrollo tecnológico y produce resultados espectaculares e impredecibles. Estamos de acuerdo.

En lo que no estamos de acuerdo es en el tono triunfalista de la charla. El conferenciante, el escritor Matt Ridley, siguiendo un recurso muy de moda, empieza riéndose del alarmismo y contando que en los 60-70 vivíamos asustados por la guerra nuclear, las enfermedades, la superpoblación, los contaminantes y eso no es cierto. En realidad, se aprovecha de nuestra falta de memoria; el único miedo que compartía todo el mundo era el pánico nuclear. La URSS y los USA estaban apuntándose mutuamente con cientos de megatones. Pero creo que todos compartíamos la idea de que, si superábamos ese peligro, la tecnología podía solucionar todos los demás problemas mundiales con facilidad. Pensábamos que, si no había guerra nuclear, en el 2000 ya viviríamos en la Luna y estaríamos camino de colonizar Marte. Que la Panam tendría vuelos diarios a la estación espacial internacional ( ¿han visto 2001? ). Problemas como el hambre o las enfermedades infecciosas parecían algo completamente trivial y, si no se solucionaban, era por falta de voluntad política. La gente confiaba ciegamente en los avances médicos, en las vacunas, en los trasplantes. Creo que la ciencia médica nunca ha tenido tanto prestigio como entonces. Para el año 2000 estábamos convencidos de que el cáncer estaría ya sobradamente vencido.

Y entonces llegó el SIDA; la carrera espacial empezó a ir a la pata coja; la fisión nuclear, que el  2000 tenía que proporcionarnos electricidad prácticamente gratuita, está cada vez más lejos (antes se decía siempre “para dentro de veinte años”, ahora ya nadie se atreve a dar un plazo).

La revolución verde que se necesita para alimentar a 10.000 millones de personas no llega. Los granos básicos para la alimentación humana no han hecho más que subir de precio desde entonces. Los transgénicos han resultado un fiasco. Apenas han sido capaces de producir variedades realmente más productivas, que resistan plagas o que crezcan en suelos más pobres o más secos. Todo se basa en saturar los cultivos de herbicidas. La acuicultura, otro gigantesco fiasco, que se supone que tenía que salvar al mar de la sobreexplotación y sólo ha servido para destruir ecosistemas litorales muy valiosos y esquilmar aún más los estocs pesqueros, porque los piensos se hacen con peces, con lo cual, gracias a la acuicultura, por cada kilo que llega al plato hay que pescar más kilos que antes

Con todos estos ejemplos quiero decir que también es posible, sin demasiado esfuerzo, reírse del triunfalismo tecnológico. Es cierto que hay tecnologías para solucionar todos los problemas, pero el tiempo necesario para que una tecnología se perfeccione, se instaure, se difunda y se haga competitiva es de veinte o treinta años. Y eso si las empresas que dominan el mercado les parece interesante.

Lo más curioso es que el miedo al conflicto nuclear ha desaparecido. Una posible guerra nuclear entre la India y Pakistán, entre Irán e Israel o entre las dos coreas ya no le quita el sueño a nadie. Eso es porque apenas se han difundido los estudios sobre los gravísimos efectos globales de uno de esos “conflictos menores”.

Dice T. Garton Ash: Llevamos decenios viviendo con un paradigma de progreso según el cual cada generación iba a vivir mejor que la anterior. Ahora va a ser difícil conseguir que nuestros hijos no tengan una vida menos próspera, menos segura y menos libre que la que hemos tenido nosotros. Su posición me parece más realista y mejor informada que el optimismo dogmático de Ridley.

Porque la Historia nos enseña que existen periodos de decadencia, de empobrecimiento cultural. Los griegos del siglo I a. JC fueron capaces de construir una máquina de calcular como la de Antikitera. Sin embargo, quinientos años más tarde, Europa entraba en los siglos oscuros y apenas había nadie en todo el continente capaz de solucionar una sencilla ecuación. Los que creen que el avance del conocimiento es algo irreversible deberían preguntarse cómo pudo pasar algo así. ¿Sabemos con certeza las causas de la decadencia de la cultura grecorromana? Entonces, ¿cómo estamos tan seguros de que algo así no puede volver a producirse?

No es muy razonable confiar en que lo impredecible nos salvará. La decadencia, el empobrecimiento cultural, también tienen un comportamiento explosivo e impredecible. Así como los inventos generan riqueza y nuevos inventos, también la ignorancia genera pobreza, destrucción y más ignorancia.


Definiciones, un falso problema o un falso enfoque

22 diciembre 2010

Como prometí, he aquí un artículo de Massimo Pigliucci, profesor del Lehman College (Nueva York). Se ocupa de filosofía de la ciencia y, especialmente, de la evolución. Escribe, en colaboración con otros filósofos, un blog muy interesante.

Definiciones, definiciones

A menudo se supone que los científicos están obsesionados por las definiciones. Después de todo, si usted no puede definir con precisión un concepto, por ejemplo qué es un planeta o qué es una especie biológica, eso significa, literalmente, que no sabe de qué está hablando, y ¿cómo se puede hacer ciencia si no sabemos si estamos usando todos el mismo concepto? Y, sin embargo, la práctica de la ciencia es muy diferente, y en un grado sorprendente, no parece depender de las definiciones de sus objetos de estudio.
Fíjense en el alboroto reciente sobre si Plutón debía ser considerado un planeta u otro tipo de objeto celeste (tal vez un asteroide capturado, o un “planetoide”, sea lo que sea). Mi colega Neil deGrasse Tyson es un firme defensor de la corriente “Plutón-no-es-un-planeta”, por lo que ha sido castigado, incluso por Jon Stewart (un humorista). Su idea ganó finalmente, y ahora el sistema solar sólo tiene ocho planetas. Pero como he sostenido en una columna del Skeptical Inquirer, la pregunta es académica en el sentido más estricto de la palabra: no importa en lo más mínimo a la astronomía o la planetología si uno designa oficialmente a Plutón como un planeta o como una entidad menor. El hecho científico interesante es que Plutón tiene varias características distintivas de los otros ocho planetas (sobre todo la forma y el ángulo de su órbita alrededor del Sol), las características que requieren una explicación que es diferente de la que resultó ser satisfactoria en el caso de los “otros” planetas.
La cuestión es aún más compleja y las discusiones técnicas más enconadas en el caso de las especies biológicas. Los biólogos y filósofos de la ciencia han estado debatiendo durante décadas, y la literatura resultante es voluminosa, compleja, y no concluyentes en gran medida. (Hace unos años, sugerí que esto se debe a que “especie” es un tipo particular de concepto identificado por el filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein, y conocido generalmente como “una familia de conceptos emparentados” o un concepto  “cluster”: que no admite una definición simple en términos de un pequeño conjunto de condiciones necesarias y suficientes. Más bien, es difusa, hecha sobre una serie de ejes conceptuales que se entrecruzan de manera compleja). Como en el caso de los planetas, sin embargo, esta falta de una definición consensuada no ha impedido a los biólogos estudiar las especies, sus características, e incluso la forma en que surgen (es decir, los procesos de especiación). ¿Cómo es posible?
Resulta que hay dos maneras muy diferentes de pensar sobre “definiciones”, maneras que comenzaron a ser analizadas por Sócrates y Platón en la antigua Grecia. Muchos de los primeros diálogos socráticos (los que más probablemente representan el pensamiento real de Sócrates, en lugar de utilizar la figura de Sócrates como portavoz de la filosofía platónica, como sucede en los más maduros) tienen en su núcleo una discusión con el objetivo de definir un término en particular. Así, por ejemplo, Eutifrón trata de la definición de la piedad, Menón trata del valor, Protágoras acerca de la bondad, y la República acerca de la justicia. En todos ellos, Sócrates y sus compañeros muy pronto se ven involucrados en una acalorada discusión acerca de “¿qué es X?”, que consideran fundamental para avanzar en cualquier empresa que  se hayan propuesto.

Una lectura ingenua de estos diálogos ha llevado a algunos a hablar de la llamada “falacia socrática,” la idea de que uno no puede decir nada acerca de X a menos que uno pueda definir X con precisión. Esto obviamente no es cierto. No sólo, como he mencionado antes, pueden los biólogos dedicarse alegremente al estudio de las especies a pesar de que no están de acuerdo en una definición de especies, sino que también en la vida cotidiana, podemos hablar de todo tipo de cosas (los rascacielos, la calvicie, la pornografía) a pesar de que sería difícil dar una definición exacta de ellas (¿cuál es la altura mínima de un edificio para que sea un rascacielos? ¿Cuando exactamente pasa un hombre de tener el pelo ralo a ser calvo? Y, por supuesto, la famosa frase del miembro de la Corte Suprema de Justicia de los EEUU, que no pudo definir con precisión la pornografía, pero que sabía reconocerla cuando la veía).
Además, Sócrates era demasiado inteligente para caer en ese tipo de trampa. De hecho, la forma en que él trató los conceptos a examen muestra claramente que no cometió la “falacia socrática.” El filósofo era famoso por su método de “Elenchus,” que consiste en mostrar que la comprensión que alguien tiene de una idea es equivocada a base de proporcionar contra-ejemplos que no se ajustan a la explicación original que dió esa persona de la idea. Por ejemplo, en el Eutifrón, el personaje que da nombre al diálogo primero afirma que la piedad es para hacer lo que los dioses desean. Pero Sócrates rápidamente le obliga a admitir que eso no puede ser correcto, ya que en ese caso la piedad sería simplemente una construcción arbitraria sustentada sólo en la fuerza (sobrenatural), y no estaría basada en ninguna bondad inherente. Tiene que haber algo más, que Eutifrón está obviamente olvidando. Sócrates no podría haber utilizado el método de Elenchus si realmente pensase que no se puede empezar a hablar de X a menos que uno tenga una definición precisa de X: en ese caso, ¿cómo se podría incluso pensar en un contraejemplo? ¿Un contraejemplo a qué?
Lo que Sócrates pretende, entonces, no es una precisa definición a priori de un concepto dado, sino más bien una teoría acerca del alcance y la aplicabilidad del concepto. Esto no es algo a lo que se puede llegar con sólo consultar un diccionario, sino que requiere una investigación filosófica. Exactamente lo mismo con la ciencia moderna: no sólo es que la ausencia de una definición precisa no avergüenza a los científicos, sino que es la búsqueda misma de una teoría de X (planetas, especies) lo que define lo que la ciencia es en realidad. Esa búsqueda es también donde los científicos y los filósofos se comunican entre sí a través de una brecha en la frontera entre las dos culturas: cada vez que un filósofo identifica un problema en la manera en que un científico despliega un concepto en particular, el filósofo descubre un área legítima de investigación, conceptual (es decir, filosófica ) y / o empírica (es decir, científica). Para el científico hacer caso omiso de la sugerencia o desestimarla por ser “sólo semántica” es entonces un error ingenuo, una demostración de puro esnobismo intelectual y, por lo tanto, impropio de un verdadero intelectual.


Debe ser Filosofía, porque no lo entiendo

24 noviembre 2010

Tengo una amiga que dice que venimos al mundo empezados. Y es cierto, porque el lenguaje en el que nacemos nos impone un marco conceptual que limita y dirige nuestro pensamiento.

Por lo que he rastreado, este determinismo lingüístico es antiguo: Von Humboldt decía que las lenguas indoeuropeas, y especialmente el alemán y el inglés eran las más perfectas y eso explicaba la supremacía intelectual de Europa. Este fatalismo que te condena a no entender nada o te premia según cual sea tu idioma materno se llama relativismo lingüístico, o también la hipótesis Sapir-Whorf . En su formulación más extrema mantiene que lo lingüístico limita y determina lo cognitivo. Si no queremos ser tan radicales podemos decir que la lengua materna influencia el pensamiento y la conducta más allá de lo lingüístico.

Whorf y el filósofo Wittgenstein coincidían en dar al lenguaje ese papel decisivo en nuestra manera de ver la realidad, aunque al enunciar sus hipótesis en terrenos diferentes y con lenguajes diferentes (y no me refiero al idioma) sus ideas corrieron diferente suerte.

¿Hablando se entiende la gente?

Benjamin Lee Whorf y sus seguidores hicieron una serie de afirmaciones espectaculares y difíciles de comprobar. Decían que las lenguas amerindias dotaban a sus hablantes de la capacidad de entender intuitivamente el concepto del tiempo como una cuarta dimensión, con lo que estaban más capacitados para entender la teoría de la Relatividad de Einstein, y que el sistema de creencias de los judíos era una consecuencia de la estructura verbal del hebreo.

La hipótesis de Whorf ha perdido protagonismo desde que Lenneberg y posteriormente Noam Chomsky desarrollaron una gramática universal, que supone que todas las lenguas comparten una estructura subyacente. Últimamente, además, ha sido puesta en duda por estudios que demuestran que el lenguaje nos condiciona, por supuesto, pero de formas que no tienen nada que ver con lo que suponen los relativistas lingüísticos. Este artículo explica que el asunto es más complejo y tiene aspectos bastante sorprendentes. Merece la pena leerlo porque explica, entre otras cosas, que existe una alucinante lengua australiana en la que las referencias espaciales son absolutas y no relativas. No existe derecha, izquierda delante y detrás, sino N, S, E y W, y el hablante dice: “tengo el tabaco en el bolsillo del oeste”, y si se gira, pasa a decir “lo tengo en el bolsillo del este”.

La conclusión del artículo es que definitivamente sí es posible traducir nuestros pensamientos a otras lenguas sin grandes ambigüedades ni malentendidos. El sentido común ya nos decía que era cuestión de encomendar el trabajo a un buen traductor.

Whorf padeció las desventajas de ser conciso. Fruto de su formación científica, formuló sus ideas de forma clara y así se expuso a ser desmentido. Wittgenstein no tanto. Decía algo parecido, pero lo expuso de forma más oscura y cambiante y a lo mejor por eso goza aún de prestigio intelectual.

¿Hegel? …pero si está clarísmo, hombre

Para Wittgenstein era imposible plantear una verdera afirmación filosófica, todo eran juegos y malentendidos del lenguaje. El  relativismo lingüístico impide llegar plantearse verdaderas cuestiones en filosofía sin que aparezca inevitablemente la discusión acerca de “qué queremos decir con…” y la disertación, para ser precisa, se llena de términos en cursiva, expresados en la lengua original. “Dígame joven, ¿Se refiere usted al significado (Bedeutung) en el sentido en el que emplea el término Heidegger?” (estoo…¿puede repetir la pregunta?).

Lo de las definiciones es una verdadera gaita (Dudelsack). Hay básicamente dos estrategias para sobrellevarlo:

Podemos simplemente sacar partido para publicar cualquier chorrada. Hacer pasar lo confuso por profundo es un recurso antiquísimo que aún funciona: “El tao que se puede nombrar no es el verdadero tao”, decía el Tao Te King. Así que siempre podemos apelar a una tradición oriental milenaria.

La ambigüedad lingüística (creo que es el artículo con más diéresis que he escrito nunca) resulta provechosa en el mundillo académico, se puede conseguir prestigio y un grupo de seguidores incondicionales (que precisamente son aquéllos que creen haber entendido lo que dices). No necesitas acordar nada con nadie, ni siquiera hace falta ser constante en el empleo de las definiciones (ya se sabe: uno va evolucionando…). No faltará quién pretenda acotarte y hacer que te definas (…fascistas), pero por lo general es fácil escapar. Es una actitud destructiva para la colectividad, pero goza de prestigio en el mundo intelectual y ha sido empleada con virtuosismo por los posmodernos, de cuyas imposturas y galimatías hablaremos en otra ocasión.

Savater reconoce en sus memorias (Mira quién habla, Pág. 164) que cuando le tocó leerse a Hegel, no entendía ni jota. Bunge también se esforzó durante años y su única conclusión es que odia a Hegel por todo ese tiempo perdido. Pero esta sinceridad es rara en el gremio. La mayoría de los colegas de Savater afirmaban que le iban cogiendo el tranquillo al prusiano, entre otras cosas, gracias a simultanear la lectura con el consumo de diversas sustancias estupefacientes.

Pero antes de dejarnos arrastrar al alcoholismo o cosas peores, pasemos a examinar la segunda estrategia, que consiste en no considerarlo un problema tan grave y aceptar cierta ambigüedad del lenguaje, siempre luchando por reducirla en lo posible. Es lo que hacen los científicos. Se trata de no jugar a sugerir, sino exponer las cosas de la forma más clara posible. Es una actitud constructiva y, por tanto laboriosa, que exige trabajo de equipo y capacidad de consenso. Hay un contribución altamente recomendable a esta discusión, es la que hace Massimo Piggliucci en su blog. Un día de estos lo traduzco y lo cuelgo.

Bertrand Russell no se dejó impresionar por Wittgenstein y, siempre tan certero, resumió todo el pensamiento del vienés en una sola frase: “El significado de una palabra es su uso”. Es lo único que Russell dice de Wittgenstein en su libro “La sabiduría de Occidente”, una historia de la filosofía muy recomendable, por cierto, a pesar de que despache de un plumazo al autor del Tractatus. La frase parece poco para pensador tan importante, además, yo me pregunto si la idea es nueva. Me cuesta creer que no se le haya ocurrido a nadie antes, aunque depende de lo que entendamos por “pensar” y de lo que entendamos por “antes”… y de lo que entendamos por “por”.

Para acabar, creo que todo se puede resumir con una cita de Peter Medawar, premio Nóbel de Medicina y brillante refutador de Teilhard de Chardin:  “El que escribe de forma oscura, o no sabe de lo que habla, o intenta alguna canallada”.


Cómo discutir en un foro

13 octubre 2010

Lo más fastidioso de los foros es que no puedes interrumpir a gritos a tu oponente ni abuchearlo. Así que cuando en un foro te encuentras con uno que va de listo, que te lleva la contraria, que es un repelente de ésos que van de dialogantes y no hace más que sacarse argumentos de la manga para desmontarte los tuyos, tienes varias opciones:

  • Ataque ad hominem: Puedes decirle que es un enterado, una marisabidilla, un pedante, un sabelotodo, un empollón cuatrojos (¿a que hacía tiempo que no leíais este insulto?). Si estás de mala uva, puedes llamarlo amargado, friki de la Wikipedia, si es una mujer, malfollada… Sobre todo, nada de sutilezas ni de ironías. La peña está deseando sangre; dale al público lo que está esperando.
  • Reírte como un imbécil: Si no se te ocurre ninguna contestación escribe la frase más importante de tu contrincante entre dos “jajajajajajaja” y el argumento queda desprestigiado de inmediato: es tan ridículo que sólo cabe reírse. Pasa rápidamente a otro tema.
  • Ataque “yo sé mucho”: Hay que mandar al contrincante a cursar de nuevo la primaria. Tú sabes tanto del tema y, es tan compleja y vasta tu sabiduría que no puedes entretenerte en explicar los rudimentos a los neófitos. Lo más aconsejable ante una eminencia como tú es el silencio. Escuchar y aprender.
  • Ataque posmoderno: No hay ninguna verdad absoluta. Cada uno tiene su verdad y el que trata de imponer la suya es un fascista (va bien cuando te has hecho un lío).
  • Ataque paternalista: Se nota que eres un joven con buenas intenciones, pero muy desinformado. Yo a tu edad pensaba como tú…criaturita.

Las combinaciones de varios ataques diferentes son aún más efectivas. Y acuérdate siempre de escribir en mayúsculas; disimula las faltas de ortografía y te otorga mayor credibilidad.  En un medio como internet, donde nadie escucha a nadie y nadie comprueba nada, tienes todas las de ganar. Duro con ellos.


Sigo yendo con la OMS

10 junio 2010

A pesar de las maniobras de las farmacéuticas que supuestamente han viciado las decisiones de la OMS con respecto a la gripe, sigo pensando que la OMS es un organismo necesario, fiable y comprometido con la salud de los países más pobres.

La OMS tuvo que tomar decisiones muy rápido. Me pregunto qué hubiéramos hecho cualquiera de nosotros en una situación como la de abril del 2009 en México, con ocho muertos para menos de 300 casos. Varios meses después todo el mundo era experto en el tema y se daba pábulo a toda clase de teorías apocalípticas.

Las personas que trabajan en la OMS lo hacen con seriedad y sus opiniones y actuaciones en muchos asuntos han ido en contra de los intereses de grandes compañías. Ocurrió con los antirretrovirales genéricos, con la leche maternizada en África…

En 2003 la OMS consiguió que 168 países acordasen tomar medidas contra el tabaquismo, ganándose con ello el eterno agradecimiento de Philip Morris. Ese mismo año, se enfrentó públicamente a la Iglesia Católica por las irresponsables declaraciones del Papa sobre el preservativo, que desde entonces la tiene presente en sus oraciones . También en el 2003, la industria azucarera norteamericana intentó que los EEUU dejasen de financiar a la OMS (unos 400 millones de $) porque no les gustó nada su informe sobre dieta y nutrición, que arremetía contra los azúcares añadidos. La presión de las azucareras fue fortísima, un buen ejemplo de matonismo contra la ciencia que recuerda, paso por paso, lo que el lobby negacionista del cambio climático está haciendo con el IPCC y con las instituciones científicas. La argumentación era la misma: que las adevertencias sobre los peligros de la dieta saturada de azúcar y la comida basura carecían de base científica. Y la amenaza también es la misma: cortar la financiación.

Así que la OMS no ha ido ganado precisamente amistades. Su lista de enemigos es para acojonar a cualquiera.

Y así, la financiación de este organismo y de todas las agencias de la ONU ha ido recortándose por parte de los estados. Actualmente depende en un 80% de aportaciones voluntarias (de ONGs, empresas farmacéuticas, fundaciones y aportaciones finalistas de los estados) en las que el donante tiene la capacidad de decidir a qué se dedica su aportación. Esto tiene efectos perversos y parece imposible volver a un sistema de financiación regular a base de aportaciones obligatorias que garantice la independencia.

Es algo que ocurre con todos los organismos internacionales. Su mera existencia es una molestia para mucha gente importante. Es algo que comenzó en la era Reagan y que no se ha corregido. Como consecuencia, la OMS depende cada vez más de la buena voluntad de las farmacéuticas para mantener sus campañas de vacunación en los países pobres. Y yo creo que en África hay que poner la triple vírica y todas las vacunas que se puedan poner, porque no existe un sitema de salud decente. Si fuera mi responsabilidad, aceptaría vacunas a bajo precio aunque me las regalase el propio Hitler en persona.

Espero que todo el escándalo sirva para que se corrijan ciertos criterios (la definición de pandemia quizá) y ciertas prácticas que parecen amparar el secretismo. La OMS no puede permitirse el más mínimo error. Sus enemigos están esperando cualquier oportunidad para hacerla caer en el descrédito.

Pero seguimos necesitando a la OMS. Cada vez más.


Cómo tratar un rumor

25 mayo 2010

Cuando uno oye o lee ciertas cosas y las encuentra en varios sitios considerados “fiables” puede pasar a creérselo sin más o tomarse la molestia de hacer algunas comprobaciones. Yo procuro hacerlo. No cuesta nada enviar un correo como éste a la dirección de atención al cliente (nestlebebe@nestle.es):

Estimados Srs.,

Quisiera saber si es cierto que Nestlé promocionó en algún momento la leche maternizada en África regalando muestras gratuitas y provocando un incremento en el fracaso de la lactancia materna y, consecuentemente, un aumento de la mortalidad infantil. Todo ello en contra de las recomendaciones de UNICEF y la OMS, tal y como informan las páginas que he encontrado y que les enumero más abajo.

http://www.solidaridad.net/imprimir103_enesp.htm

http://www.bvspediatria.org.ar/lactancia/ar_negocio.pdf

¿Continúan estas prácticas?

Atentamente…

De momento no he recibido respuesta, pero tal vez sería bueno que más gente les hiciera la misma pregunta.


¡Maravíllese, hombre! (pero sin preguntar)

7 mayo 2010

Magnífico artículo de Julia Galef en http://rationallyspeaking.blogspot.com/2010/05/insane-clown-posse-and-miracles-of.html.

Julia comparte de todo corazón los sentimientos de aquellas personas que prefieren el mundo real a los mundos de ficción. Somos muchos los que pensamos que hay más magia en el mundo que tocamos todos los días que en la Tierra Media o en Pandora. Los grandes poetas no son los que  inventan mundos en los que viven criaturas fantásticas, sino los que nos enseñan a mirar el mundo en que vivimos. Sin embargo, por alguna razón, aunque sintamos que la contemplación del mundo nos maravilla hasta quitarnos el aliento, las explicaciones de un científico sobre lo que estamos contemplando nos provocan bostezos.

Cita a Whitman, epítome de esa visión romántica de contemplación embelesada del misterio de la naturaleza, misterio que el científico rompe con su falta de sensibilidad. En un poema, Whitman explica cómo le repugnan las explicaciones de un astrónomo sobre el cosmos. Él prefiere el embeleso místico de la contemplación de las estrellas.

En nuestros poetas es más difícil encontrar este conflicto porque la ciencia ha sido una anécdota en el panorama intelectual español, aunque algo podemos encontrar en Unamuno. Se ve que a Whitman, cuando estudiaba,  lo llevaron a un observatorio. A los poetas españoles sólo los llevaban a misa.

¿Por qué preferimos la contemplación en éxtasis babeante a la divulgación científica? Julia Galef propone tres explicaciones para el fenómeno de “maravillarse sin curiosidad”.

  • -Ignorancia matemática. Hay gente que se considera culta pero que tiene dificultades para resolver una ecuación de segundo grado. Solucionan su problema desdeñando la ciencia por entero.
  • -Falta de empatía sentimental con entes bellos y complejos… pero inanimados. A la narración científica le faltan personajes con cara y ojos.
  • -La pérdida de protagonismo cósmico. En la narración científica tenemos muy poco papel.

Ella lo explica todo mucho mejor, así que no voy a repetirlo. Me quedo con la cita final, del Obispo Samuel Horsley (fíjate tú… un obispo)

El asombro, vinculado a un principio de curiosidad racional, es la fuente de todo  conocimiento y de todo descubrimiento, pero el asombro que termina en asombro, y se conforma con el asombro, es la condición del idiota.


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