Yo no creo en los médicos, creo en la medicina. Para precisar los términos de mi fe, diremos que creo en la medicina a partir del momento en que esta comienza a ser científica, más o menos a partir de Pasteur que, precisamente, no era médico. Uno de los héroes que han contribuido a que la medicina sea más científica es Archie Cochrane. Su biografía es muy interesante. Es conocido por ser un pionero de los RCT (randomised controlled trials) o pruebas controladas aleatorias.
Cochrane era un neumólogo escocés que en 1938, dos años antes de licenciarse, se alistó voluntario en la British Ambulance Unit de las Brigadas Internacionales. Su experiencia durante nuestra guerra y durante la guerra mundial en varios campos de prisioneros le llevaron al convencimiento de que muchos tratamientos que se aplicaban no estaban respaldados por evidencias suficientes.
En esa época escribió, “Yo sabía que no había evidencia real de que nada de lo que podíamos ofrecer tuviese efecto sobre la tuberculosis, y me temía que había acortado la vida de algunos de mis amigos con intervenciones innecesarias”. Respecto a lo que en su tiempo se denominaba “libertad y democracia clínica” como una forma de entender la práctica médica basada en la libertad inalienable del profesional para emplear la intuición y la experiencia, él afirmaba que hubiera renunciado a parte de su libertad a cambio de un poco de conocimiento. Para mí eso es una prueba de dignidad profesional y compromiso con los demás.
Por eso, siempre que tengo dudas acerca de algún aspecto relacionado con la salud consulto la Cochrane Collaboration, un proyecto de puesta en común de toda la información médica contrastada que evalúa la efectividad de toda clase de terapias.
Por si acaso, hize el esfuerzo de leerme un artículo crítico con la Cochrane Collaboration publicado en una revista de salud pública en la que se tilda el proyecto nada menos que de fascista (!), Se trata de un artículo que pretende, siguiendo a Derrida y Guattari, deconstruir y deslocalizar (unmapping) los objetivos fascistas de la medicina basada en la evidencia para desenmascarar su política oculta capitalista y occidental. Viendo que uno de los autores es un profesor de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Ottawa, me lo leí por si denunciaba alguna servidumbre de la Cochrane respecto a algún grupo de presión, pero falsa alarma, todo el artículo es bla-bla-bla seudoprogre. No hay ninguna acusación concreta, simplemente, que les parece que pretender ordenar lo que se sabe y lo que no les suena a fascismo porque algunas seudociencias no han quedado bien paradas. Según los autores, desde el poder se pretende silenciar cualquier otra forma de conocimiento que no sea la “científica occidental”.
He aquí algo que no entiendo. Si otras formas de conocimiento son también útiles ¿por qué ese empeño del poder por silenciarlas? ¿Qué tiene de peligroso para el poder la astrología o la medicina basada en anécdotas? Si la homeopatía cura a la gente, pues no hay más que comprar acciones de Boiron y ya está… a hacer pasta. ¿Cuál es el problema? ¿Qué tiene de subversiva la homeopatía?
Reclamar libertad para tratar a un paciente como mejor te parezca es algo tremendamente siniestro. Cochrane se dió cuenta de que si todo dependía de la libertad y la creatividad del médico es que algo estábamos haciendo mal. El pensamiento especulativo está muy bien para una charla de sobremesa, pero es que se trata de curar a la gente. Yo creo que aquí hay un problema de índole moral. Hay profesionales de la salud cuyo compromiso con los demás no es lo bastante fuerte como para renunciar a la libertad para divagar.
Llamar fascista a Cochrane es uno de esos exabruptos que producen regularmente los radicales de sofá. Nihilistas destructivos que creen que lo progre es creer estupideces. La posmodernidad ha generado estos personajes falaces y pedantes a los que me propongo dedicar un par de entradas.


Escrito por Confusio 
Definiciones, definiciones
Tengo una amiga que dice que venimos al mundo empezados. Y es cierto, porque el lenguaje en el que nacemos nos impone un marco conceptual que limita y dirige nuestro pensamiento.
