Debe ser Filosofía, porque no lo entiendo

Tengo una amiga que dice que venimos al mundo empezados. Y es cierto, porque el lenguaje en el que nacemos nos impone un marco conceptual que limita y dirige nuestro pensamiento.

Por lo que he rastreado, este determinismo lingüístico es antiguo: Von Humboldt decía que las lenguas indoeuropeas, y especialmente el alemán y el inglés eran las más perfectas y eso explicaba la supremacía intelectual de Europa. Este fatalismo que te condena a no entender nada o te premia según cual sea tu idioma materno se llama relativismo lingüístico, o también la hipótesis Sapir-Whorf . En su formulación más extrema mantiene que lo lingüístico limita y determina lo cognitivo. Si no queremos ser tan radicales podemos decir que la lengua materna influencia el pensamiento y la conducta más allá de lo lingüístico.

Whorf y el filósofo Wittgenstein coincidían en dar al lenguaje ese papel decisivo en nuestra manera de ver la realidad, aunque al enunciar sus hipótesis en terrenos diferentes y con lenguajes diferentes (y no me refiero al idioma) sus ideas corrieron diferente suerte.

¿Hablando se entiende la gente?

Benjamin Lee Whorf y sus seguidores hicieron una serie de afirmaciones espectaculares y difíciles de comprobar. Decían que las lenguas amerindias dotaban a sus hablantes de la capacidad de entender intuitivamente el concepto del tiempo como una cuarta dimensión, con lo que estaban más capacitados para entender la teoría de la Relatividad de Einstein, y que el sistema de creencias de los judíos era una consecuencia de la estructura verbal del hebreo.

La hipótesis de Whorf ha perdido protagonismo desde que Lenneberg y posteriormente Noam Chomsky desarrollaron una gramática universal, que supone que todas las lenguas comparten una estructura subyacente. Últimamente, además, ha sido puesta en duda por estudios que demuestran que el lenguaje nos condiciona, por supuesto, pero de formas que no tienen nada que ver con lo que suponen los relativistas lingüísticos. Este artículo explica que el asunto es más complejo y tiene aspectos bastante sorprendentes. Merece la pena leerlo porque explica, entre otras cosas, que existe una alucinante lengua australiana en la que las referencias espaciales son absolutas y no relativas. No existe derecha, izquierda delante y detrás, sino N, S, E y W, y el hablante dice: “tengo el tabaco en el bolsillo del oeste”, y si se gira, pasa a decir “lo tengo en el bolsillo del este”.

La conclusión del artículo es que definitivamente sí es posible traducir nuestros pensamientos a otras lenguas sin grandes ambigüedades ni malentendidos. El sentido común ya nos decía que era cuestión de encomendar el trabajo a un buen traductor.

Whorf padeció las desventajas de ser conciso. Fruto de su formación científica, formuló sus ideas de forma clara y así se expuso a ser desmentido. Wittgenstein no tanto. Decía algo parecido, pero lo expuso de forma más oscura y cambiante y a lo mejor por eso goza aún de prestigio intelectual.

¿Hegel? …pero si está clarísmo, hombre

Para Wittgenstein era imposible plantear una verdera afirmación filosófica, todo eran juegos y malentendidos del lenguaje. El  relativismo lingüístico impide llegar plantearse verdaderas cuestiones en filosofía sin que aparezca inevitablemente la discusión acerca de “qué queremos decir con…” y la disertación, para ser precisa, se llena de términos en cursiva, expresados en la lengua original. “Dígame joven, ¿Se refiere usted al significado (Bedeutung) en el sentido en el que emplea el término Heidegger?” (estoo…¿puede repetir la pregunta?).

Lo de las definiciones es una verdadera gaita (Dudelsack). Hay básicamente dos estrategias para sobrellevarlo:

Podemos simplemente sacar partido para publicar cualquier chorrada. Hacer pasar lo confuso por profundo es un recurso antiquísimo que aún funciona: “El tao que se puede nombrar no es el verdadero tao”, decía el Tao Te King. Así que siempre podemos apelar a una tradición oriental milenaria.

La ambigüedad lingüística (creo que es el artículo con más diéresis que he escrito nunca) resulta provechosa en el mundillo académico, se puede conseguir prestigio y un grupo de seguidores incondicionales (que precisamente son aquéllos que creen haber entendido lo que dices). No necesitas acordar nada con nadie, ni siquiera hace falta ser constante en el empleo de las definiciones (ya se sabe: uno va evolucionando…). No faltará quién pretenda acotarte y hacer que te definas (…fascistas), pero por lo general es fácil escapar. Es una actitud destructiva para la colectividad, pero goza de prestigio en el mundo intelectual y ha sido empleada con virtuosismo por los posmodernos, de cuyas imposturas y galimatías hablaremos en otra ocasión.

Savater reconoce en sus memorias (Mira quién habla, Pág. 164) que cuando le tocó leerse a Hegel, no entendía ni jota. Bunge también se esforzó durante años y su única conclusión es que odia a Hegel por todo ese tiempo perdido. Pero esta sinceridad es rara en el gremio. La mayoría de los colegas de Savater afirmaban que le iban cogiendo el tranquillo al prusiano, entre otras cosas, gracias a simultanear la lectura con el consumo de diversas sustancias estupefacientes.

Pero antes de dejarnos arrastrar al alcoholismo o cosas peores, pasemos a examinar la segunda estrategia, que consiste en no considerarlo un problema tan grave y aceptar cierta ambigüedad del lenguaje, siempre luchando por reducirla en lo posible. Es lo que hacen los científicos. Se trata de no jugar a sugerir, sino exponer las cosas de la forma más clara posible. Es una actitud constructiva y, por tanto laboriosa, que exige trabajo de equipo y capacidad de consenso. Hay un contribución altamente recomendable a esta discusión, es la que hace Massimo Piggliucci en su blog. Un día de estos lo traduzco y lo cuelgo.

Bertrand Russell no se dejó impresionar por Wittgenstein y, siempre tan certero, resumió todo el pensamiento del vienés en una sola frase: “El significado de una palabra es su uso”. Es lo único que Russell dice de Wittgenstein en su libro “La sabiduría de Occidente”, una historia de la filosofía muy recomendable, por cierto, a pesar de que despache de un plumazo al autor del Tractatus. La frase parece poco para pensador tan importante, además, yo me pregunto si la idea es nueva. Me cuesta creer que no se le haya ocurrido a nadie antes, aunque depende de lo que entendamos por “pensar” y de lo que entendamos por “antes”… y de lo que entendamos por “por”.

Para acabar, creo que todo se puede resumir con una cita de Peter Medawar, premio Nóbel de Medicina y brillante refutador de Teilhard de Chardin:  “El que escribe de forma oscura, o no sabe de lo que habla, o intenta alguna canallada”.

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3 Responses to Debe ser Filosofía, porque no lo entiendo

  1. Glòria dice:

    Fusi, de verdad, no veo yo en la lengua de los aborígenes australianos tanta singularidad. Te explicas muy bien pero sigo sin verle nada excepcional. Debe ser porque mi sentido de la orientacion, como en muchas mujeres (y no soy feminista ni antifeminista) es bastante limitado.Y en cuanto al vasco o esukera (por favor, cuántos años tienes tú? has escrito vascuence?) debe ser primitivo, como el alemán, pero a mí esto de lenguajes aglutinantes me gusta.Seguro que les van bien las matemáticas. Y sus conversaciones son más largas (un atajo, un short cut).Saludos.

  2. Confusio dice:

    No estoy muy seguro de que el inglés sea tan pobre en léxico y, evidentemente, creer en la superioridad del inglés o el alemán es puro imperialismo. Leí hace tiempo que los inuit tenían también gran facilidad para formar nuevos conceptos juntndo palabras. Así no habían necesitado importar ninguna palabra del inglés para decir “ordenador”. Ellos dicen “cosa-que-es-como-un-cerebro”. El carácter aglutinante es muy típico de lenguas consideradas primitivas. El vascuence, por ejemplo, es aglutinante y las lenguas germánicas también, fíjate tú.

    Me sorprende que no te sorprenda lo de la lengua australiana de referencias espaciales absolutas. Deberías leer el artículo. El problema no es que sea filosofía, sino que lo he explicado mal o me he extendido poco.
    Resulta que estos australianos son una gente con un sentido de la orientación excepcional. No se pierden nunca. Y la razón es su idioma, que les obliga a estar continuamente pendientes de dónde está el norte para poder hablar. Así, uno de estos hablantes estaba en un hotel y alguien comentó “todas las habitaciones son iguales” y el aborigen dijo que no era verdad, porque unas tenían la puerta hacia el este y la ventana hacia el oeste y otras al revés. En otra ocasión, uno de estos aborígenes explicaba que se había caído de una canoa y decía “me caí por el lado este”…y hacía el gesto con la mano hacia el este. En su idioma no es posible decir “me caí por la izquierda”. Y si lo contaba otro día, con el cuerpo en otra posición, mantenía la frase, pero cambiaba el gesto para orientarlo correctamente.

  3. Glòria dice:

    Hola Fusi,
    Me cuesta creer que la lengua materna limite nuestra parte congnitiva aunque sí creo que la determina.Pero como dices en el artículo, sería más bien por condicionamientos sociales. Todos los idiomas, sea cual sea su alfabeto, tienen la capacidad de expresar con mayor o menor número de palabras todas las ideas. De hecho el inglés es un idioma léxicamente pobre comparado con el español, el francés o el catalán, pero sí muy práctico. Con la mitad(es un decir) de palabras combinadas entre ellas, consiguenforman todos los conceptos del vocabulario de otra lengua. Eso no explicaría precisamente la supremacía intelectual europea a la que hace referencia Humboldt, como no sea por el ejercicio de la combinatoria que conlleva un esfuerzo mental. Y ya sabemos que a mayor ejercicio más rapidez.
    Ni siquiera sería un mérito expresar multitud de conceptos con un léxico menor puesto que todas las lenguas poseen un potencial, aún hoy dif´cil de expliar, que se traduce en la capacidad que tenemos los humanos de formular oraciones que nunca antes han sido dichas o pronunciadas. Es lo que nos intenta dar a entender la Gramática Generativa.
    Lo de la lengua australiana no me parece en sí demasiado alucinante. También puedo presentar a mi cuñado como “éste es mi cuñado” o “éste es el hermano de mi mujer” o “éste es el tío de mi hijo”. O debe ser filosofía, porque no lo entiendo ;).
    Conclusión: tu artículo me parece entretenido e interesante, y el lenguaje un regalo maravilloso del cual sólo podemos disfrutar los seres humanos.
    Me quedo con Bertrand Russell. Y con la frase final de tu artículo, que desgraciadamente define perfectamente la oratoria de la mayoría de nuestros polítcos.
    Saludos.

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