Comprando al General Tapioca

Es oportuno recordar que la industria petrolera mantiene fuertes lazos con el poder, con los ejércitos y con la industria armamentista. De vez en cuando ha sido necesario promover guerras para hacerse con campos petrolíferos o para garantizar el suministro, por ejemplo la guerra del Chaco, que comenzó en 1932 entre Bolivia y Perú. Fue una guerra de encargo que organizaron las petroleras para hacerse con una zona, el desierto del Chaco, en la que creían que había petróleo. Hasta Hergé, tan católico y colonialista, denunció aquella guerra sucia del capitalismo que costó 90.000 muertos. La guerra de Irak sólo ha sido el penúltimo ejemplo de esta fructífera unión entre petróleo, armas y política. Si se da la necesidad, se inventan conflictos fronterizos, se sobornan presidentes y se inventan armas de destrucción masiva o lo que haga falta.

Sin embargo los tiempos han cambiado y ahora es necesario ser un poco más sutiles en los métodos. Además de las habituales visitas a políticos y militares conviene editar revistas científicas y organizar congresos de expertos afines que desmientan, o por lo menos siembren la duda, sobre el cambio climático. Si no les importa matar a miles de de iraquíes imagínense lo poco que debe importarles calumniar o comprar científicos. Necesitamos a Tintín.

90.000 muertos... y al final no había petróleo

 

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