Definiciones, un falso problema o un falso enfoque

Como prometí, he aquí un artículo de Massimo Pigliucci, profesor del Lehman College (Nueva York). Se ocupa de filosofía de la ciencia y, especialmente, de la evolución. Escribe, en colaboración con otros filósofos, un blog muy interesante.

Definiciones, definiciones

A menudo se supone que los científicos están obsesionados por las definiciones. Después de todo, si usted no puede definir con precisión un concepto, por ejemplo qué es un planeta o qué es una especie biológica, eso significa, literalmente, que no sabe de qué está hablando, y ¿cómo se puede hacer ciencia si no sabemos si estamos usando todos el mismo concepto? Y, sin embargo, la práctica de la ciencia es muy diferente, y en un grado sorprendente, no parece depender de las definiciones de sus objetos de estudio.
Fíjense en el alboroto reciente sobre si Plutón debía ser considerado un planeta u otro tipo de objeto celeste (tal vez un asteroide capturado, o un “planetoide”, sea lo que sea). Mi colega Neil deGrasse Tyson es un firme defensor de la corriente “Plutón-no-es-un-planeta”, por lo que ha sido castigado, incluso por Jon Stewart (un humorista). Su idea ganó finalmente, y ahora el sistema solar sólo tiene ocho planetas. Pero como he sostenido en una columna del Skeptical Inquirer, la pregunta es académica en el sentido más estricto de la palabra: no importa en lo más mínimo a la astronomía o la planetología si uno designa oficialmente a Plutón como un planeta o como una entidad menor. El hecho científico interesante es que Plutón tiene varias características distintivas de los otros ocho planetas (sobre todo la forma y el ángulo de su órbita alrededor del Sol), las características que requieren una explicación que es diferente de la que resultó ser satisfactoria en el caso de los “otros” planetas.
La cuestión es aún más compleja y las discusiones técnicas más enconadas en el caso de las especies biológicas. Los biólogos y filósofos de la ciencia han estado debatiendo durante décadas, y la literatura resultante es voluminosa, compleja, y no concluyentes en gran medida. (Hace unos años, sugerí que esto se debe a que “especie” es un tipo particular de concepto identificado por el filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein, y conocido generalmente como “una familia de conceptos emparentados” o un concepto  “cluster”: que no admite una definición simple en términos de un pequeño conjunto de condiciones necesarias y suficientes. Más bien, es difusa, hecha sobre una serie de ejes conceptuales que se entrecruzan de manera compleja). Como en el caso de los planetas, sin embargo, esta falta de una definición consensuada no ha impedido a los biólogos estudiar las especies, sus características, e incluso la forma en que surgen (es decir, los procesos de especiación). ¿Cómo es posible?
Resulta que hay dos maneras muy diferentes de pensar sobre “definiciones”, maneras que comenzaron a ser analizadas por Sócrates y Platón en la antigua Grecia. Muchos de los primeros diálogos socráticos (los que más probablemente representan el pensamiento real de Sócrates, en lugar de utilizar la figura de Sócrates como portavoz de la filosofía platónica, como sucede en los más maduros) tienen en su núcleo una discusión con el objetivo de definir un término en particular. Así, por ejemplo, Eutifrón trata de la definición de la piedad, Menón trata del valor, Protágoras acerca de la bondad, y la República acerca de la justicia. En todos ellos, Sócrates y sus compañeros muy pronto se ven involucrados en una acalorada discusión acerca de “¿qué es X?”, que consideran fundamental para avanzar en cualquier empresa que  se hayan propuesto.

Una lectura ingenua de estos diálogos ha llevado a algunos a hablar de la llamada “falacia socrática,” la idea de que uno no puede decir nada acerca de X a menos que uno pueda definir X con precisión. Esto obviamente no es cierto. No sólo, como he mencionado antes, pueden los biólogos dedicarse alegremente al estudio de las especies a pesar de que no están de acuerdo en una definición de especies, sino que también en la vida cotidiana, podemos hablar de todo tipo de cosas (los rascacielos, la calvicie, la pornografía) a pesar de que sería difícil dar una definición exacta de ellas (¿cuál es la altura mínima de un edificio para que sea un rascacielos? ¿Cuando exactamente pasa un hombre de tener el pelo ralo a ser calvo? Y, por supuesto, la famosa frase del miembro de la Corte Suprema de Justicia de los EEUU, que no pudo definir con precisión la pornografía, pero que sabía reconocerla cuando la veía).
Además, Sócrates era demasiado inteligente para caer en ese tipo de trampa. De hecho, la forma en que él trató los conceptos a examen muestra claramente que no cometió la “falacia socrática.” El filósofo era famoso por su método de “Elenchus,” que consiste en mostrar que la comprensión que alguien tiene de una idea es equivocada a base de proporcionar contra-ejemplos que no se ajustan a la explicación original que dió esa persona de la idea. Por ejemplo, en el Eutifrón, el personaje que da nombre al diálogo primero afirma que la piedad es para hacer lo que los dioses desean. Pero Sócrates rápidamente le obliga a admitir que eso no puede ser correcto, ya que en ese caso la piedad sería simplemente una construcción arbitraria sustentada sólo en la fuerza (sobrenatural), y no estaría basada en ninguna bondad inherente. Tiene que haber algo más, que Eutifrón está obviamente olvidando. Sócrates no podría haber utilizado el método de Elenchus si realmente pensase que no se puede empezar a hablar de X a menos que uno tenga una definición precisa de X: en ese caso, ¿cómo se podría incluso pensar en un contraejemplo? ¿Un contraejemplo a qué?
Lo que Sócrates pretende, entonces, no es una precisa definición a priori de un concepto dado, sino más bien una teoría acerca del alcance y la aplicabilidad del concepto. Esto no es algo a lo que se puede llegar con sólo consultar un diccionario, sino que requiere una investigación filosófica. Exactamente lo mismo con la ciencia moderna: no sólo es que la ausencia de una definición precisa no avergüenza a los científicos, sino que es la búsqueda misma de una teoría de X (planetas, especies) lo que define lo que la ciencia es en realidad. Esa búsqueda es también donde los científicos y los filósofos se comunican entre sí a través de una brecha en la frontera entre las dos culturas: cada vez que un filósofo identifica un problema en la manera en que un científico despliega un concepto en particular, el filósofo descubre un área legítima de investigación, conceptual (es decir, filosófica ) y / o empírica (es decir, científica). Para el científico hacer caso omiso de la sugerencia o desestimarla por ser “sólo semántica” es entonces un error ingenuo, una demostración de puro esnobismo intelectual y, por lo tanto, impropio de un verdadero intelectual.

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