Optimismo dogmático, o el 2000 ya no es lo que era

No seamos alarmistas, todo va a ir bien, nunca pasa nada (o, al menos a mí, no me ha pasado nunca nada). Esa es la idea subyacente en discursos como el de este fulano en el TED. Se titula “Las ideas tienen sexo”, las ideas se reproducen. Es cierto. Las ideas tienen un efecto acumulativo que dispara el desarrollo tecnológico y produce resultados espectaculares e impredecibles. Estamos de acuerdo.

En lo que no estamos de acuerdo es en el tono triunfalista de la charla. El conferenciante, el escritor Matt Ridley, siguiendo un recurso muy de moda, empieza riéndose del alarmismo y contando que en los 60-70 vivíamos asustados por la guerra nuclear, las enfermedades, la superpoblación, los contaminantes y eso no es cierto. En realidad, se aprovecha de nuestra falta de memoria; el único miedo que compartía todo el mundo era el pánico nuclear. La URSS y los USA estaban apuntándose mutuamente con cientos de megatones. Pero creo que todos compartíamos la idea de que, si superábamos ese peligro, la tecnología podía solucionar todos los demás problemas mundiales con facilidad. Pensábamos que, si no había guerra nuclear, en el 2000 ya viviríamos en la Luna y estaríamos camino de colonizar Marte. Que la Panam tendría vuelos diarios a la estación espacial internacional ( ¿han visto 2001? ). Problemas como el hambre o las enfermedades infecciosas parecían algo completamente trivial y, si no se solucionaban, era por falta de voluntad política. La gente confiaba ciegamente en los avances médicos, en las vacunas, en los trasplantes. Creo que la ciencia médica nunca ha tenido tanto prestigio como entonces. Para el año 2000 estábamos convencidos de que el cáncer estaría ya sobradamente vencido.

Y entonces llegó el SIDA; la carrera espacial empezó a ir a la pata coja; la fisión nuclear, que el  2000 tenía que proporcionarnos electricidad prácticamente gratuita, está cada vez más lejos (antes se decía siempre “para dentro de veinte años”, ahora ya nadie se atreve a dar un plazo).

La revolución verde que se necesita para alimentar a 10.000 millones de personas no llega. Los granos básicos para la alimentación humana no han hecho más que subir de precio desde entonces. Los transgénicos han resultado un fiasco. Apenas han sido capaces de producir variedades realmente más productivas, que resistan plagas o que crezcan en suelos más pobres o más secos. Todo se basa en saturar los cultivos de herbicidas. La acuicultura, otro gigantesco fiasco, que se supone que tenía que salvar al mar de la sobreexplotación y sólo ha servido para destruir ecosistemas litorales muy valiosos y esquilmar aún más los estocs pesqueros, porque los piensos se hacen con peces, con lo cual, gracias a la acuicultura, por cada kilo que llega al plato hay que pescar más kilos que antes

Con todos estos ejemplos quiero decir que también es posible, sin demasiado esfuerzo, reírse del triunfalismo tecnológico. Es cierto que hay tecnologías para solucionar todos los problemas, pero el tiempo necesario para que una tecnología se perfeccione, se instaure, se difunda y se haga competitiva es de veinte o treinta años. Y eso si las empresas que dominan el mercado les parece interesante.

Lo más curioso es que el miedo al conflicto nuclear ha desaparecido. Una posible guerra nuclear entre la India y Pakistán, entre Irán e Israel o entre las dos coreas ya no le quita el sueño a nadie. Eso es porque apenas se han difundido los estudios sobre los gravísimos efectos globales de uno de esos “conflictos menores”.

Dice T. Garton Ash: Llevamos decenios viviendo con un paradigma de progreso según el cual cada generación iba a vivir mejor que la anterior. Ahora va a ser difícil conseguir que nuestros hijos no tengan una vida menos próspera, menos segura y menos libre que la que hemos tenido nosotros. Su posición me parece más realista y mejor informada que el optimismo dogmático de Ridley.

Porque la Historia nos enseña que existen periodos de decadencia, de empobrecimiento cultural. Los griegos del siglo I a. JC fueron capaces de construir una máquina de calcular como la de Antikitera. Sin embargo, quinientos años más tarde, Europa entraba en los siglos oscuros y apenas había nadie en todo el continente capaz de solucionar una sencilla ecuación. Los que creen que el avance del conocimiento es algo irreversible deberían preguntarse cómo pudo pasar algo así. ¿Sabemos con certeza las causas de la decadencia de la cultura grecorromana? Entonces, ¿cómo estamos tan seguros de que algo así no puede volver a producirse?

No es muy razonable confiar en que lo impredecible nos salvará. La decadencia, el empobrecimiento cultural, también tienen un comportamiento explosivo e impredecible. Así como los inventos generan riqueza y nuevos inventos, también la ignorancia genera pobreza, destrucción y más ignorancia.

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