El timerosal se va pero el autismo queda

Creo que puede resultar de alguna ayuda para los interesados en el asunto del autismo y las vacunas este artículo del Dr. Fombonne, que fue publicado en 2008 en la revista Archives of General Psychiatry en el que revisa el estado de la cuestión.

El Dr. Fombonne ha proporcionado asesoramiento sobre epidemiología y aspectos clínicos del autismo a los científicos que aconsejan a los padres y a los fabricantes de la vacuna triple vírica. Ha formado parte de varios comités del gobierno entre 1998 y 2001 en el Reino Unido y los EE.UU. Ha sido consultor de los comités sobre el tema del Instituto de Medicina y la Academia Americana de Pediatría. Fue citado como testigo experto en el litigio del timerosal en los EE.UU.

Ninguna de sus investigaciones ha sido financiada por la industria farmacéutica.

El timerosal se va pero el autismo queda

Desde que el autismo fue descrito en la década de 1940, se han postulado varias teorías infundadas sobre sus causas, que ofrecían su corolario de “tratamientos”. La Psiquiatría, por entonces una disciplina de orientación psicoanalítica, postuló una explicación psicosocial que culpaba a las madres “nevera” de la reclusión del niño en la burbuja autista, de donde sólo podía ser rescatado por las interpretaciones de los terapeutas a través de una larga terapia.

Para nombrar sólo algunas de estas teorías recientes en el ámbito psicosocial y biológico, podemos mencionar la comunicación facilitada o el tratamiento con secretina, que gozaron de un amplio apoyo hasta que múltiples ensayos clínicos controlados demostraron su ineficacia 1 2. En la última década, dos hipótesis han vinculado el autismo con las vacunas, con un profundo impacto en el ámbito de la investigación del autismo y en la salud pública en general. Una incriminaba al componente de sarampión de la vacuna triple contra el sarampión, la parotiditis y la rubéola (triple vírica) 3, la otra culpaba al timerosal (en un 50% etilmercurio) presente en la mayoría de otras vacunas infantiles 4. Las dos hipótesis son independientes, ya que la triple vírica no contiene timerosal. Ambas se basan en la afirmación de que el autismo es una “epidemia” que, al parecer, coincidió con la introducción de la triple vírica y/o la mayor exposición al etilmercurio debido al aumento del número de vacunas infantiles recomendadas en los primeros 3 años de vida.

Para poner a prueba estas hipótesis, se realizaron de inmediato investigaciones epidemiológicas por parte de diferentes investigadores usando diferentes diseños (estudio ecológico, de cohortes, seguimiento de historiales) sobre diferentes muestras y países. Con la única excepción de los estudios realizados por dos autores 5, todos los estudios rechazaban la hipótesis 6. Y los estudios, en la mayoría de los casos, eran lo suficientemente potentes para detectar incluso pequeños efectos y descartar factores de confusión de fondo. En paralelo, se realizaron varios estudios que no pudieron identificar un fenotipo específico de autismo inducido por mercurio o por la triple vírica y no se encontró evidencia de envenenamiento por mercurio o de la persistencia del virus del sarampión en niños con autismo. En 2004, el Comité de Seguridad de las Vacunas del Instituto de Medicina revisó toda la evidencia disponible en estudios epidemiológicos, biológicos, moleculares y en animales y concluyó que la evidencia conducía a descartar las dos hipótesis que relacionaban vacunas con autismo 7. Desde entonces, se han acumulado más estudios que han reforzado esta conclusión, y otros comités científicos y profesionales de todo el mundo han llegado de forma independiente a similares conclusiones 8.

El estudio de Schechter y Grether 9 proporciona evidencia adicional sobre la falta de asociación entre la exposición al timerosal y el riesgo de autismo en la población de EE.UU. Utilizando un diseño ecológico y los datos del Departamento de Servicios de Desarrollo, los autores demostraron que la tasa de prevalencia de autismo aumentó continuamente durante el período de estudio, incluso después de la interrupción del uso de timerosal en vacunas en 2001. Si hubiera existido cualquier relación entre vacunas con timerosal y autismo, la tasa de autismo debería haber disminuido en los niños pequeños entre 2004 y 2007. En cambio, el aumento de la tasa no se atenuó, lo que indica que la exposición al timerosal no guarda relación con el riesgo de autismo. Estas conclusiones son similares a las obtenidas en estudios desarrollados en Dinamarca y Canadá. 11 12 La especial importancia del estudio de Schechter y Grether 9 es que se basa en la base de datos Departamento de Servicios de Desarrollo, que ha sido utilizada sistemáticamente por los defensores de la hipótesis del timerosal para argumentar que el creciente número de niños atendidos por estos servicios, la “epidemia” de autismo, estaba vinculada a la creciente exposición al etilmercurio  que se producen en la década de 1990 por los cambios en el programa de vacunación. A pesar de la acumulación de evidencias científicas en contra de estas dos hipótesis que vinculan el autismo a los diversos componentes de las vacunas infantiles, estas teorías y las prácticas que los acompañan no se han abandonado. ¿Por qué? ¿Cuántos resultados negativos son necesarios para acabar con estas creencias, y cuánto dinero público debe gastarse aún?

En la década de los 90, la mayor parte de la financiación de la investigación del autismo se dirigió inicialmente a la investigación genética, en consonancia con la fuerte evidencia de que el autismo es un trastorno genético. Como resultado, los Estados Unidos, al igual que muchos otros países, no realizaron un seguimiento correcto de la incidencia del autismo y otros desórdenes relacionados. Los enfoques epidemiológicos, muy necesarios para el estudio de estos trastornos, no se desarrollaron ni financiaron adecuadamente. Al aumentar el número de niños diagnosticados, se extendió en la opinión pública la preocupación por una epidemia. Los datos disponibles sugieren, sin embargo, que la ampliación del concepto de autismo, los cambios en los criterios diagnósticos, las mejoras en las políticas educativas, y el aumento de la atención al fenómeno han jugado un papel importante que explica el creciente número de casos13 14 . Los nuevos programas de seguimiento como los desarrollados en los últimos años por los Centros para el Control y la Prevención ayudarán a abordar estas cuestiones en un futuro próximo.

Fuera del ámbito académico, poderosos grupos de opinión se desarrollaron y comenzaron a presionar a los responsables para influir en las decisiones sobre qué tipo de investigación sobre el autismo debía financiarse e, incluso, la forma de su realización. Sin tomar en cuenta los estudios científicos, o peor, desconfiando sistemáticamente de sus resultados, escritores de best-sellers, periodistas y políticos se sintieron atraídos por las teorías de una gran conspiración entre los fabricantes de vacunas y los organismos oficiales para la prevención de enfermedades infecciosas 15. Los bufetes de abogados vieron la oportunidad de obtener grandes compensaciones económicas de los fondos estatales para compensación por daños derivados de la vacunación; el viscoso proceso legal en EE.UU. propicia la fermentación de ideas falsas. Explotando el afán de las familias de intentar todo lo posible para ayudar a sus hijos, algunos charlatanes han desarrollado “tratamientos”  alternativos (y lucrativos) para el autismo, como la terapia de quelación, la cámara hiperbárica, y la supresión de la testosterona.16 Ninguna ha demostrado ser eficaz y muchas son peligrosas.

Las vacunas infantiles han sido uno de los más importantes avances de la medicina moderna en el siglo XX. Lamentablemente, una vez que los programas de vacunación han tenido éxito en el control de enfermedades infecciosas, el público dirige su atención a los posibles efectos adversos de las vacunas (que son raros, pero sin embargo pueden ser graves). Se han producido muertes de niños pequeños en Europa por el temor a la triple vírica y el autismo, y en un reciente brote de sarampión en los EE.UU. 17, la salud de los niños fue puesta en riesgo por padres que se negaron a vacunar a sus hijos a causa de la supuesta relación entre vacunas y autismo. A los padres de niños autistas se les puede asegurar que el autismo de sus hijos no se produjo a causa de las vacunas. Sus hijos autistas y sus hermanos deben ser vacunados normalmente y, como no hay pruebas de envenenamiento por mercurio en el autismo, tampoco deben someter a sus hijos a ineficaces y peligrosos “tratamientos”, como la terapia de quelación.

Artículos citados:

1. Williams KW, Wray JJ, Wheeler DM. Intravenous secretin for autism spectrum disorder. Cochrane Database Syst Rev. 2005;(3):CD003495.

2. Mostert MP. Facilitated Communications since1995: a review of published studies. J Autism Dev Disord. 2001;31(3):287-313.

3. Wakefield AJ, Murch SH, Anthony A, Linnell J,Casson DM, Malik M, Berelowitz M, Dhillon AP, Thomson MA, Harvey P, Valentine A, Davies SE, Walker- Smith JA. Ileal-lymphoid-nodular hyperplasia, non- specific colitis, and pervasive developmental disorder in children [partially retracted in: Lancet. 2004;363(9411):750]. Lancet. 1998;351 (9103):637-641.

4. Ball LK, Ball R, Pratt D. An assessment of thimerosal use in childhood vaccines. Pediatrics. 2001;107(5):1147-1154.

5. Geier DA, Geier MR. An assessment of the impact of thimerosal on childhood neurodevelopmental disorders. Pediatr Rehabil. 2003;6(2): 97-102.

6. Doja A, Roberts W. Immunizations and autism: a review of the literature. Can J Neurol Sci. 2006; 33(4):341-346.

7. Institute of Medicine. Immunization Safety Review: Vaccines and Autism. Washington, DC: National Academies Press; 2004.

8. Andreae MC, FreedGL, KatzSL. Safety concerns regarding combination vaccines: perspective of select European countries. Hum Vaccin. 2005; 1(1):1-5.

9. SchechterR,GretherJK. Continuing increases in autism reported to California’s developmental services system: mercury in retrograde. Arch Gen Psychiatry. 2008;65(1):19-24.

10. Parker SK, Schwartz B, Todd J, Pickering LK. Thimerosal-containing vaccines and autistic spectrum disorder: a critical review of published origi- nal data. Pediatrics. 2004;114(3):793-804.

11. Madsen KM, Lauritsen MB, Pedersen CB, Thorsen P, Plesner AM, Andersen PH, Mortensen PB. Thimerosal and the occurrence of autism: negative ecological evidence from Danish population-based data. Pediatrics. 2003;112(3, pt 1):604-606.

12. Fombonne E, Zakarian R, Bennett A, Meng L, McLean-Heywood D. Pervasive developmental disorders in Montreal, Quebec, Canada: prevalence and links with immunizations. Pediatrics. 2006; 118(1):e139-e150.

13. ShattuckPT.Diagnostic substitution and changing autism prevalence. Pediatrics. 2006;117 (4):1438-1439.

14. Wazana A, Besnahan M, Kline J. The autism epidemic: fact or artifact? J Am Acad Child Adolesc Psychiatry. 2007;46(6):721-730.

15. EpsteinRA. It did happen here: fear and loathing on the vaccine trail. Health Aff (Millwood). 2005; 24(3):740-743.

16. Geier DA, Geier MR. A clinical trial of combined anti-androgen and anti-heavy metal therapy in autistic disorders. Neuro Endocrinol Lett. 2006; 27(6):833-838.

17. Parker AA, Staggs W, Dayan GH, Ortega-Sanchez IR, Rota PA, Lowe L, Boardman P, Teclaw R, Graves C, LeBaron CW. Implications of a 2005 measles outbreak in Indiana for sustained elimination of measles in the United States. N Engl J Med. 2006;355(5): 447-455.

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