Relato de la lenta pero a ratos divertida decadencia de la posmodernidad (1)

Una efeméride para la Historia: Parece que el pasado domingo 27 de febrero terminó oficialmente la posmodernidad.

Me alegro, ya era hora. Ya dudaba si llegaría a vivir para verlo. A ver si por fin empezamos a dedicarnos a cosas serias. Parece que se la ha llevado la crisis, que nos obliga a ser más cuidadosos con las cosas de comer y de pensar. Los autores del certificado de defunción son Lluís Duch (antropólogo y monje de Montserrat) y Albert Chillón (profesor de Comunicación, Periodismo y Humanidades de la UAB). Es significativo, porque este segmento de la población académica era el más permeable a la cháchara posmoderna.

Pero, para mi preocupación compruebo que los autores entienden la posmodernidad más bien como el periodo histórico presente y su pensamiento preponderante y dicen que ha tenido cosas buenas y malas. Lo bueno: la extensión de las libertades, más tolerancia, aumento del nivel de vida, el auge de la heterodoxia y el relativismo. Lo malo: la desaparición de la actitud crítica en la pedagogía y en la política; el retroceso del compromiso moral, el consumismo, la domesticación de la izquierda y su fragmentación en grupos y grupúsculos feministas, ecologistas, nacionalistas…

En resumen, que la posmodernidad es que gente no hacía más que de que comprá y que de que comprá. Visto así, la posmodernidad lleva entre nosotros desde los tiempos de Diógenes. Yo creo que lo que caracteriza al pensamiento posmoderno es, sobre todo, el relativismo epistemológico, que los autores del artículo sitúan en la parte positiva (!!), además de una interpretación narrativa de todos los aspectos de la cultura, incluida la ciencia, porque los autores del invento eran gente muy ducha en literatura y muy poco en ciencias. Es lo que Lyotard llama los “grandes relatos” del cristianismo, la ilustración o el marxismo. La ciencia occidental queda incluida de forma expresa o implícita en uno de esos relatos que ha fabricado el sistema para dotarse de una justificación histórica. Los que hemos estudiado matemáticas y física sabemos que el núcleo duro de la ciencia no es una narración. O, al menos, es una narración muy rara, sin personajes, ni planteamiento, ni nudo, ni desenlace. Preguntadle a un ingeniero quién fue el autor de la fórmula de la catenaria y en qué periodo de la historia vivió y probablemente os dirá que ni lo sabe ni le interesa. Los que piensan de forma literaria parece que creen que todo el mundo piensa como ellos. Para mí que esa obsesión narrativa del que siempre busca la hilaza de las cosas lleva al pensamiento mágico.

Los autores de la necrológica se han olvidado de un capítulo esta crisis del pensamiento (o lo que sea) posmoderno que a mí me resulta especialmente entretenido. Es el emocionante relato (sí, también me gustan los relatos) de cómo los posmodernos franceses fueron puestos en ridículo por los dos personajes de la foto, Sokal y Brickmont. En la próxima entrega lo contaremos.

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