La ciencia y el cotilleo: el Programa Fuerte

Bruno Latour es uno de los escépticos más radicales respecto a la ciencia como herramienta de conocimiento. Es uno de los padres del Programa Fuerte de sociología de la ciencia, que pretende juzgar la ciencia sin entrar a valorar sus métodos ni sus resultados. Creo que es difícil perder el tiempo con una investigación más insustancial. Si algo caracteriza la ciencia y por algo nos ocupamos de ella es por sus resultados, que son producto de sus métodos. Es como estudiar un grupo humano sin considerar sus realizaciones ni sus métodos de trabajo.

Latour fue uno de los autores más atacados por Sokal, que se opuso frontalmente a que ingresase en la Universidad de Princeton. En su página web, Latour da por zanjado el tema de las guerras de la ciencia, aquello que comenzó Sokal con el artículo-farsa con el que puso en ridículo a tantos pensadores sobre todo franceses. Latour lo considera algo difunto después del libro “Los malentendidos…”; apenas una divertida anécdota derivada de un malentendido entre pensadores que discuten sobre cuestiones de matiz. En su página escribe algo que puede parecer a primera vista una “oferta de paz”. Tiene palabras muy bellas (escribe bien) para la ciencia, que “con una magnanimidad realmente admirable permite a todos, cualquiera que sea su etnia de origen, convertirse en universales como ella, y pertenecer a este país sin antepasados, a esta etnia sin ritual, a este país sin fronteras, el de la razón que accede a la unificación de la naturaleza a través de la objetividad académica y la discusión racional”. Pero (por supuesto, había un pero)… cuando por fin aparece ese Hombre Universal es simple “nature animale”, biofísico, neuronal, sin sentido de la existencia.

Así que Latour estaba haciendo una descripción irónica de la ciencia para, finalmente, acusarla de su principal pecado: el de privar a la Humanidad del sentido de la existencia. Un pecado que la ciencia arrastra desde su nacimiento.

Latour inició su campaña de desprestigio de la ciencia a finales de los 70 con el libro La vida en el laboratorio: La construcción de los hechos científicos. Un libro que está planteado como un trabajo antropológico sobre algo así como una “tribu de científicos”. La idea del libro consiste en estudiar a los científicos de un laboratorio con métodos antropológicos sin concederles a priori ningún estatuto de expertos en nada. Los autores no saben nada de ciencia, pero no hace falta porque en su “investigación” los datos empíricos no son importantes. Según sus observaciones, los resultados de un laboratorio se deciden por pasilleo y cabildeo. El investigador que tiene más poder es el que decide qué datos valen y cuales son errores procedimentales. El título lo explica todo: los hechos científicos son una construcción social.

Imaginen a Latour y sus acólitos del programa fuerte estudiando a los geógrafos que elaboran un mapa. Imagínenselos de espectadores en una reunión en la que los geógrafos deciden qué accidentes representar, que topónimos poner y qué coordenadas se emplean. Estoy seguro de que estos sociólogos llegarían a la conclusión de que los geógrafos construyen el territorio. Como además no saben leer un mapa, ni les interesa, no podrían juzgar si el producto es bueno o malo. Y, naturalmente, no entienden las opiniones de los geógrafos. Todo se reduce para ellos a cuestiones sociales. Pero algunos pensamos que conocer a la perfección los entresijos del gremio de los geógrafos, sus líos de cama y sus circunstancias personales no te va a ayudar a entender los mapas ni la Geografía. Ese enfoque únicamente sirve para criticar su trabajo de una forma puramente destructiva.

Es preocupante que La vida en el laboratorio todavía se lea en las facultades de sociología y haya quien lo considere un clásico. Así que, si Latour fuera sincero en su oferta de paz, debería empezar por reconocer que su libro es una tomadura de pelo producto del desprecio de sus autores por la ciencia y de su desinterés por entender su funcionamiento. Pero no es esperable, para los posmodernos todo forma parte de esa obra de teatro tan divertida que se llama Filosofía.

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