¿Qué atrae al imán?

Zawahiri

Este señor que señala el cielo y que luce en su frente el callo del musulmán, es el clérigo al-Zawahiri, considerado por los norteamericanos como el hombre más peligroso del mundo. Si empleamos el concepto de peligro que tiene un policía de barrio, puede que sí. Aunque el Zawahiri éste no tiene capacidad para retener la patente de un antiretroviral, no va a promocionar el consumo de tabaco entre niños del tercer mundo, ni tiene previsto descongelar el Ártico para sacar petróleo, pero bueno… admitamos que es peligrosillo.

En cualquier caso, pienso que los conservadores de los USA deben sentirse muy satisfechos con el nuevo panorama internacional. El mundo occidental capitalista se enfrenta un enemigo muy inferior al comunismo. El comunismo gobernó medio mundo, creó un “telón de acero” tras el que organizó (mal) una sociedad con científicos, médicos, maestros, ingenieros… Por el contrario la jihad y los jihadistas solo son capaces de hacerse con el control de sociedades periféricas atrasadas para hundirlas más profundamente en el atraso.

Comparado con el comunismo, el jihadismo es un enemigo pequeño y estúpido. Pequeño porque solo puede aspirar a asentarse en sociedades de mayoría musulmana, y sólo en algunas. Estúpido porque cualquier esfuerzo por progresar económicamente le lleva a una contradicción con su credo. Cuando el petróleo pierda su importancia estratégica, que esperemos que sea lo más pronto posible, la jihad quedará como un eterno enemigo periférico que, de vez en cuando, sembrará de muertos algún desgraciado rincón del planeta.

Ya sabemos que están fanatizados y que algunos no tienen miedo a la muerte, pero eso es solo una ventaja táctica. La ventaja de occidente es estratégica. La ideología, las leyes y la moral de nuestra sociedad están orientadas a la prosperidad material y al conocimiento. Un ejemplo del esfuerzo occidental por conocer son, precisamente, los centenares los estudiosos que miran el jihadismo con microscopio. Veamos un ejemplo.

En este artículo de Mielsen profundiza sobre por qué algunos clérigos musulmanes se decantan hacia la jihad mientras que otros no. Por decirlo en términos de laboratorio, estudia a los fanáticos comparados con un grupo control. Estudia 29.000 fatwas, artículos y libros escritos por 91 clérigos saudíes y egipcios principalmente. No se los ha leído todos, sino que aplica un sistema de identificación de términos significativos que clasifica automáticamente un texto como jihadí o no jihadí. Comprueba que su detector de jihadistas funciona correctamente (lo calibra con un patrón) comparando sus resultados con una lista de 56 jihadistas publicada en el Militant Ideology Atlas – Executive Report (McCants, 2006). Le funciona tan bien que hasta detecta un error en esta obra (McCants había colocado un clérigo en el bando equivocado). En paralelo analiza cómo les va a los autores de los textos en su carrera profesional, información que está disponible en la red porque muchos tienen página personal y los creyentes musulmanes intercambian información sobre la trayectoria de los diferentes sheiks. Mediante búsqueda automática de términos averigua si han estado en prisión, si administran donaciones, sus cargos y prebendas.

Según sus conclusiones, el jihadismo es una apuesta profesional en la que el imán evalúa sus oportunidades de medrar en las redes profesionales del islam. Existe un proceso de funcionarización del clero musulmán, muy evidente en Egipto a partir de los años cincuenta. El objetivo para el aspirante es acaparar los puestos mejor remunerados que reciben dinero del estado, para lo cual debe rechazar las opiniones jihadistas, especialmente aquellas que hacen referencia al enemigo occidental.

Los clérigos que proceden de circuitos educativos más pobres no pueden aspirar a alcanzar las relaciones necesarias para acceder a los puestos más codiciados. A falta de recomendaciones, estos últimos juegan la baza del jihadismo para mostrar su independencia del poder político y ganar popularidad. Es una opción costosa que puede llevarles a la cárcel, pero que les puede proporcionar donaciones y cargos bien remunerados.

La posición social del clérigo está muy relacionada con su procedencia. Existen  dinastías de clérigos. Los que proceden de una de ellas y están bien relacionados tiene menos posibilidades de ser jihadistas, y si lo son, tienen menos posibilidades de ir a la cárcel. El haber tenido contacto con el mundo occidental aumenta ligeramente las probabilidades de jihadismo. El origen social y los indicadores económicos no son significativos. Lo que más indudablemente juega el rol principal es la socialización. La familia, los centros de enseñanza y los maestros.

La enseñanza del islam es fundamentalmente memorística. Estudian de memoria el Corán (los que se lo saben entero, los hafiz, gozan de especial reputación), los hadices o dichos del profeta, los sira (pasajes de la vida de Mahoma) y los tafsir (interpretaciones del Corán). La elección de qué textos se memorizan marca profundamente la orientación de cada clérigo durante ese periodo de aprendizaje en el que la reflexión o la crítica son inexistentes.

Los factores que favorecen la radicalización de los creyentes de a pié son básicamente:

La alienación, ese mecanismo por el que los individuos mal adaptados al grupo buscan sentirse especiales militando en ideologías y grupúsculos de signo radical.

El desconocimiento de los principios del islam por parte de muchos musulmanes de actitud no religiosa les lleva a convertirse en musulmanes “renacidos” de la mano de religiosos extremistas. Un fenómeno parecido ocurre en el cristianismo. Los radicales reclutan a sus seguidores entre gente con una base religiosa, educados en el islam, pero desarmados ante la propaganda. Eso no quiere decir que los clérigos jihadistas sean ignorantes. Tienen una formación más heterodoxa que los clérigos mejor situados, pero muchos están en la élite de los religiosos.

La pobreza. Es materia de debate qué papel tiene la pobreza en todo este asunto. Para algunos es la causa fundamental, pero los que creen tal cosa deben explicar por qué los terroristas proceden de clases sociales acomodadas y han disfrutado de más recursos y mejor educación que la inmensa mayoría de los musulmanes.

Hay una reciente reflexión sobre este asunto en este artículo de Alexander Lee: “Who Becomes a Terrorist? Poverty, Education, and the Origins of Political Violence.” World Politics 63 (2) 2011. Estudia el terrorismo en el caso del conflicto de Bengala (1907-1908) y las características sociales y económicas de bengalís implicados y no implicados en actos terroristas, basándose en los datos de la policía británica, que reprimía tanto a unos como a otros. Llega a la conclusión que la radicalización es mayor en los estratos superiores de la sociedad, aunque no en los más altos. Vamos, que el terrorismo es cosa de gente de clase media con estudios de bajo nivel. Y la clase media en la Bengala de esos tiempos era una parte muy pequeña de la sociedad.

Su conclusión es que la pobreza no es necesariamente el gérmen de la violencia política, aunque tal vez sí lo sea la falta de expectativas. Lo más peligroso es el abandono de la enseñanza secundaria de los jóvenes políticamente comprometidos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: