El síndrome de los falsos recuerdos

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A mediados de los 90, los Estados Unidos vivieron una fiebre de denuncias sobre abusos sexuales. Lo extraordinario de esas denuncias es que se basaban en recuerdos de abusos, violaciones, abortos forzados y otras historias terroríficas que habían sido extraídas de la memoria profunda de las víctimas con ayuda de psicoterapia. Las víctimas no recordaban los abusos, pero una serie muy amplia de síntomas hacían sospechar a algunos terapeutas que en su infancia sufrieron abusos.  Los síntomas podían ser de lo más variado: depresión, miedo a la oscuridad, deseos de cambiarse el nombre,  desórdenes alimentarios y muchos más. La estrategia para el tratamiento consistía en recuperar la memoria oculta a base de hipnosis, fármacos, interpretación de los sueños, interpretación de la conducta, etc. Todo esto no debe confundirse con las rememoraciones espontáneas (sin terapia) que sufren algunas víctimas reales, de las que ya hablamos en otro artículo.

Se trataba de una corriente en psicología que se puso de moda a partir de la publicación en 1991 de la obra de Blume Secret survivors. Este libro ha tenido secuelas traducidas al castellano como El Coraje de Sanar. Su repercusión se ha visto mermada por el hecho de que, finalmente, los terapeutas seguidores de la teoría han sido llevados sucesivamente a los tribunales por sus pacientes y, en general, condenados por malas prácticas, con retirada de licencia y expulsión de las asociaciones de psiquiatría. Algunos se salvaron gracias a pactar indemnizaciones millonarias con los denunciantes.

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Un caso que puede servirnos de ejemplo es el de Beth Rutherford, hija de un pastor protestante, que trabajaba de enfermera en una clínica de tratamiento del cáncer. Para tratar el estrés que le provocaba el trabajo, Beth acudió a un orientador que le recomendó la parroquia.

Desde las primeras sesiones el orientador le preguntó si recordaba haber sufrido abusos sexuales en su infancia porque sus síntomas se correspondían al perfil. Un perfil muy amplio, como hemos visto. Ella respondió que no, pero la insistencia del consejero le llevó a cuestionarse si tal cosa podría ser posible. Para entonces empezó a tener pesadillas protagonizadas por su padre. Para el terapeuta era indudable que se trataba de recuerdos que empezaban a aflorar y era necesario profundizar en ellos. Los efectos de la terapia sobre el estado de la paciente fueron devastadores, se profundizó su estado depresivo, perdió peso de forma alarmante y empezó a consumir fármacos para poder dormir.

Los terapeutas en busca de la memoria reprimida de violación emplean interpretación de la conducta, regresión al pasado, hipnosis o “biblioterapia”, que consiste en leer relatos de personas que recuperan el recuerdo de haber sido violadas. Todas ellas directamente orientadas a sugerir y hacer creíble el recuerdo oculto de una violación. En esta panoplia no podía faltar, por supuesto, la interpretación de los sueños.

Después de dos años y medio de terapia, Beth acusó públicamente a su padre de haberla violado desde los siete a los catorce años, haberla torturado y haberla sometido a dos abortos por procedimientos sanguinarios para ocultar las consecuencias de las violaciones. Según sus “recuerdos recuperados”, también sus dos hermanas habían padecido violaciones y maltrato, todo con la complicidad de la madre.

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El padre se negó a reconocerse culpable, pero tampoco quiso enfrentarse públicamente a su hija, que por entonces estaba muy débil física y mentalmente. Perdió su empleo y pasó dos años esperando que su hija se recuperara y diera signos de poder escuchar las pruebas que demostraban que toda la historia era falsa: él estaba vasectomizado desde que ella tenía cuatro años, luego toda la historia de los embarazos era insostenible. Finalmente, Beth acudió a un examen ginecológico que demostró que nunca estuvo embarazada y todavía era virgen.

Los Rutherford denunciaron al orientador y a la parroquia y el asunto se saldó con una indemnización de un millón de dólares.

En otros casos similares al de Beth Rutherford los terapeutas han llevado a los pacientes a creer que fueron sometidos a violaciones en grupo por parte de tres generaciones (padre, abuelo y bisabuelo), que habían sido obligadas a participar en ceremonias satánicas que incluían asesinato de bebés y canibalismo. Un terapeuta aseguraba a sus pacientes que, como consecuencia de los esfuerzos de su mente por ocultar los recuerdos, habían desarrollado múltiple personalidad. Estas personalidades afloraban durante la terapia y algún paciente llegó a manifestar cientos de estas personalidades. El trastorno de personalidad múltiple es una de las supuestas secuelas del recuerdo autocensurado de abuso sexual. Sin embargo, la mayoría de los profesionales de la sicología no consideran el trastorno de personalidad múltiple como un síndrome real. Lo cómico de este caso es que los pacientes de uno de estos terapeutas llegaron a trabar amistad entre sí y a reunirse fuera del ámbito de la terapia. Así fue como se dieron cuenta de que algunas de sus personalidades estaban repetidas.

Diversas sentencias han creado jurisprudencia sobre el asunto y la recuperación de la memoria por medio de estas técnicas no se considera una prueba válida contra ningún supuesto violador. Las asociaciones médicas de los USA, Australia y Reino Unido han desacreditado públicamente las técnicas de recuperación de memorias ocultas, no consideran que esté demostrada la relación entre el conjunto de síntomas descritos y el abuso sexual. No hay evidencia de que se produzca ningún proceso de ocultación de recuerdos en las víctimas de abusos (más bien el problema es que no consiguen olvidarlo) y la validez científica del trastorno de personalidad múltiple ha quedado también desacreditada.

Lo más interesante de todo este debate es que la metodología empleada por estos terapeutas dañinos no es demasiado diferente de la que emplean ciertas corrientes de la sicología que se dedican a sacar a la luz traumas ocultos. Ésas que un comentarista en este blog llama “terapias profundas”. Las conclusiones sobre el mal uso de estas terapias y la evidencia creciente de que algunas no sirven más que para hacer daño a los pacientes se extienden más allá del ámbito de los supuestos abusos sexuales en la infancia. Cualquier trauma o conflicto desenterrado de la memoria del paciente por un terapeuta puede ser un artefacto. Hablaremos de ello.

Un par de títulos recomendables al respecto:

R J. McNally, RJ, Geraerts, E. 2009. A New Solution to the Recovered Memory Debate

Brainerd, JC, Reyna, VF 2005. The science of false memory. Oxford University Press

R Ofshe 1994 Making monsters: False memories, psychotherapy, and sexual hysteria

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