Enseñando a Freud a ser científico

Volvemos hoy sobre el asunto de los falsos recuerdos y el peso exagerado que se les otorga en muchas formas de psicoterapia e incluso en psicología forense. La supuesta recuperación de falsos recuerdos puede, por ejemplo, hace aflorar violaciones y abusos sexuales que nunca sucedieron y pueden llevar a inocentes a la cárcel.

He encontrado en la red el libro Freud and False Memory Syndrome que es, básicamente un intento de defender a Freud de las acusaciones de ser el padre del monstruo. A pesar de su buena voluntad con el padre de psicoanálisis, la conclusión final es que es imposible determinar si un recuerdo reprimido que aflora a través de la terapia psicoanalítica es verdadero o es un producto de la imaginación. El autor reconoce que la hipnosis y otros métodos similares no deben ser utilizados precisamente por su capacidad para generar falsos recuerdos.

Freud creía que las prácticas sexuales con y entre niños eran siempre la semilla de la histeria. La comprobación de semejante afirmación se basa en el estudio de 18 casos en los que Freud invirtió centenares de horas de terapia. Pero que una investigación sea larga y prolija no la hace más científica, como explicaré más adelante. Freud extraía recuerdos reprimidos a base de hipnosis y consideraba que una prueba de la autenticidad de los recuerdos era que los pacientes se negaban a creerlos (??). El autor del libro reconoce que esta metodología sería indefendible hoy en día porque está comprobado que imbuye falsos recuerdos. Pero Freud no detectó el más mínimo problema respecto a la veracidad de los recuerdos. Como una prueba de la aguzada perfección de su método llega incluso a descubrir que dos pacientes que participaron en una misma experiencia sexual durante su infancia habían desarrollado los mismos síntomas histéricos, algo simplemente increíble. Finalmente, en los años veinte, llegó a reconocer que a lo mejor aquellos traumas desenterrados podían ser fruto de la fantasía de sus pacientes. De la fantasía del paciente pero, sobre todo, de las expectativas del terapeuta, añadimos nosotros.

Todos somos sugestionables. La lectura de textos acerca de la posesión demoniaca, por ejemplo, incrementa la posibilidad de que la gente llegue a recordar haber sido poseída. Los pacientes psicoanalizados son también aleccionados a través de lecturas, o incluso de la cultura popular acerca de cómo se supone que tiene que ser nuestro subconsciente y los problemas que debería producirnos. A través de la terapia y de la mano de un psicoanalista se aprende cuenta como “deben ser” nuestros conflictos con lo inconsciente. Nadie quiere defraudar.

Freud no concedió importancia a la sugestión como origen de los recuerdos y desarrolló diagnósticos completamente viciados por lo que se denomina sesgo confirmativo. Todo aquello que fortalece la hipótesis es real, lo que la pone en duda es espurio.

¿Cómo se podrían demostrar científicamente unas afirmaciones como las de Freud? ¿Qué pasos debería haber seguido Freud y qué precauciones debería haber tomado?

En primer lugar debería haber hecho un esfuerzo con sus colegas por poner en claro qué puñetas era eso de la histeria y cómo se diagnostica. Lo mismo puede decirse para la neurosis. No son necesarias definiciones tan exactas como las que se emplean en matemáticas, pero el nivel de ambigüedad en las definiciones de Freud es inadmisible.

A continuación, podría haberse dedicado a buscar pruebas sólidas de que represión y neurosis están relacionadas. Podría haber elegido un grupo de pacientes y voluntarios y rastrear cómo habían sido educados y de qué familias provenían. A ambientes más estrictos debería corresponderse una mayor incidencia de trastornos neuróticos. La valoración deberían hacerla analistas que no conocieran el estado actual del paciente (ensayo ciego). Un poco de estadística.

También podía haber estudiado de forma objetiva la incidencia de la neurosis en diferentes sociedades con diferencias en su grado de represión. Freud no hizo nada de eso. Andaba muy ocupado escribiendo tratados en los que todo quedaba demostrado por una conveniente selección de anécdotas.

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