El hombre de los lobos aúlla de nuevo

La Terapia. Miguel Brieva. 2007

La Terapia. Miguel Brieva. 2007

 

Hacia tiempo que no arremetía contra el psicoanálisis que, para comenzar suavemente, diré que considero que es la mayor estafa intelectual del siglo XX y cuya base científica es más o menos la misma que la del chicle de clorofila.

Acabo de leerme tres artículos escritos por psicoanalistas aparecidos en la revista Mente y Cerebro en los que se pretende que las nuevas técnicas demuestran que el psicoanálisis tiene una base real. En uno de ellos se explica que pacientes depresivos, después de quince meses de terapia, sienten menos angustia y menos miedo al tratar imágenes o relatos con carga dramática. Comparan a sus pacientes con gente que no hace terapia y encuentran diferencias significativas.

Sin entrar en cómo han medido estas diferencias, porque no sé lo suficiente del asunto, sí que veo un error elemental en el diseño del experimento. Como sucede con los que reiteradamente dicen demostrar las bondades de la meditación, el truco está en comparar con gente que NO HACE NADA. A mi entender, demostrar que la terapia psicoanalítica funciona requiere comparar la intervención del psicoanalista con un placebo. El placebo sería la misma terapia, pero despojada de sus elementos psicoanalíticos. Es decir, tratarte con alguien que te escucha, ajeno a tu entorno, alguien neutral, amigable o distante, según la necesidad del paciente, con el que puedes hablar a fondo de tu problema y que te propone estrategias de superación, pero sin intentar descubrir ningún conflicto infantil latente. Sin jugar a detectives.

El trabajo ya ha sido hecho y sus resultados, publicados en 2005, no dejan en buen lugar a la psicoterapia (a ninguna de ellas), especialmente contra la depresión. Los resultados son indistinguibles de un placebo bien diseñado. Lo importante, en primerísimo lugar, es el terapeuta. Este estudio de Hyland, entre otros, demuestra que lo importante es el “efecto humano” y no la terapia que se siga.

Si un actor que se comporta y habla como un psicoanalista, propone al paciente un conflicto elegido al azar del conjunto de conflictos típicos (tipo “su padre era muy autoritario”), obtendrá resultados estadísticamente indistinguibles del auténtico psicoanalista.

Es como si el enfermo estuviera tomando una combinación de fármacos. Si se cura, todos los fabricantes de todos los fármacos van a atribuirse el éxito. Y los estudios que he citado demuestran que los elementos psicoanalíticos de la terapia son los menos útiles. Me consta que muchos terapeutas ya se han dado cuenta. Las instituciones científicas hace tiempo que desaconsejan a los terapeutas buscar traumas ocultos, recomiendan más bien enseñar al paciente a encontrar recursos propios para superar sus síntomas. El terapeuta ya no es el héroe que emplea sus artes de detective como Sherlok Holmes en busca de Moriarty.

Parece que los efectos de esa enfermedad llamada ecuanimidad pueden ser devastadores para los terapeutas, pero muy positivos para los pacientes. Afortunadamente, la mayoría de los psicoterapeutas tiene más interés en ayudar a sus pacientes que en ser los protagonistas de una novela de detectives. Así están reconociendo que las terapias habituales tienen una efectividad pobre y que, en muchos casos están contraindicadas. Según sus propios datos, hasta un 30% de los pacientes EMPEORA después de la terapia. Evaluarlo estadísticamente ya es un cambio de actitud positiva porque muchos psicoanalistas se negaban a entrar en esas valoraciones “cientifistas” de su trabajo.

Una vez admitido que una terapia tiene que ayudar al paciente a superar su problema y que esa mejora puede ser medida por procedimientos objetivos y contrastada por observadores independientes, se inicia un proceso paulatino que forzosamente lleva a desacreditar todo el legado de Freud.

La objeción fundamental que puede hacerse a la teoría psicoanalítica es que no existe la más mínima evidencia empírica de que en nuestro cerebro ande ocultándose un ente estructurado (el ello) que se dedique a hacernos la puñeta. También existen sospechas razonables de que los supuestos traumas infantiles que salen a la luz a través de la terapia son invenciones surgidas a medias entre la memoria del paciente y la imaginación de su analista. La investigación sobre los procesos por los que se generan falsos recuerdos está avanzando mucho, como explicamos aquí. Nuestra memoria es muy influenciable y la frontera entre recuerdos e imaginación es difusa. Los psicoanalistas no observan ninguna precaución respecto a esa frontera. No les preocupa saber en qué lado se encuentran. La represión, pieza fundamental en el discurso psicoanalítico, tampoco aguanta bien el paso del tiempo. Hasta ahora no hay pruebas empíricas serias que demuestren que nuestra mente reprime activamente recuerdos. Por desgracia para muchos pacientes, sucede más bien lo contrario.

 

Anuncios

2 Responses to El hombre de los lobos aúlla de nuevo

  1. ӏ’d like to find out mօre? I’ɗ love to find օut sߋmе additional іnformation.

  2. Zosimo dice:

    Szasz, decía en “La ética del psicoanálisis” que la característica fundamental del psicoanálisis es que está al servicio delpaciente, a diferencia del psiquiatra, q cuida al enfermo pero, sobre todo, protege a la sociedad y lo medica o lo encierra si hace falta.
    De esta visión, que puede ser cierta hasta cierto punto, se puede extraer también su lado oscuro: El psicoanálisis puede llegar a ser una relación narcisista y complaciente que alimenta el egocentrismo del paciente y la cuenta corriente del terapeuta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: