Lobsang Rampa: fontanería del ocultismo

28 diciembre 2010

Intentando ceñirnos al tema de este blog, inauguraremos una serie dedicada a las imposturas literarias. Obras supuestamente escritas por algún remoto personaje que de forma azarosa llegan a las manos del lector occidental contemporáneo y que nos traen mundos, mitologías y formas de pensar desconocidas. Generalmente no se enmarcan en ninguna tradición. Son obras especialísimas, presentadas como grandes revelaciones culturales. El éxito y la influencia de estas imposturas ha sido grande; algunas han tenido la capacidad de crear mitos aceptados como verdaderos y contra los que resulta agotador luchar.

Empezaremos por el mito que fabricó nuestra imagen del Tíbet lejano y misterioso. Hace poco hablábamos (o mejor dibujábamos) acerca del estereotipo occidental de lo que debe ser el pensamiento oriental. El Profesor Hurvitz, de la Universidad de Columbia, traductor de literatura oriental, decía que “para mucha gente, Oriente DEBE ser misterioso o, si no, la vida no tiene sentido.”

Esta obsesión por encuadrar a Oriente dentro de su mito ha necesitado de diversas estafas para asentarse en la imaginación colectiva. Es que la realidad es tozuda, no se ajusta a lo que nos gustaría que fuese y, a veces, hay que ayudarla un poco. Para ayudar a recrear, o más bien a crear, la imagen del Tíbet y su sabiduría oculta escribió sus memorias el supuesto lama Martes Lobsang Rampa y se las arregló para que llegaran al público occidental de la manera más extraordinaria que pueda imaginarse. Para ello ocupó el cuerpo de Cyril Hoskin (1910-1981), un británico sin oficio conocido (se ha dicho que era fontanero, pero parece que el fontanero era su padre). Poseido por el lama, Cyril escribió y fue publicando sus relatos desde 1958, a pesar de que los expertos consultados por la editorial se mostraban todos de acuerdo en que los allí se contaba no tenía nada que ver con la realidad del Tíbet ni con el budismo. Por ejemplo, la operación de “apertura del tercer ojo”, que le hacen a Lobsang para que pueda ver las auras y que le permite también ver algunos campos magnéticos (curiosamente, sólo los de los imanes), no se ha realizado nunca entre los verdaderos lamas. Los editores se debieron quedar un poco fastidiados, porque seguramente esperaban alguna opinión elogiosa para ponerla en la contraportada del libro y tal. Así que, simplemente, ignoraron las advertencias y, por supuesto, publicaron el libro. Tuvieron un enorme éxito y hoy en día es imposible visitar un puesto de libros viejos sin encontrar alguno.

Entre los expertos consultados estaban Hugh Richardson, el último residente británico en Lhasa; Marca Pallis, viajero; y Heinrich Harrer, el protagonista de “siete años en el Tíbet”. Uno de ellos, Agehananda Bharati publicó este artículo, en que explica que el plomero británico, que no había estado nunca en el Tíbet ni sabia una palabra de tibetano, ni siquiera era original en sus fantasías.  Se había inspirado en el libro de Madame Blavatsky “Secret Doctrine”. Otra impostura intelectual de una conversa al budismo que por lo menos sí estuvo en Oriente a finales del XIX, aunque su desconocimiento de la lengua no le permitiese leer ni uno solo de los textos sagrados. En todo caso, Oriente estaba muy lejos y resultaba fácil convertirse en un experto si venías de allí. Blavatsky, más que una budista era una especie de multiiluminada que promovió una religión neoplatónica y ocultista llamada teosofía, que ya no está de moda ni nada, pero que constituye la semilla del, digamos, “pensamiento” New Age. También a ella se le apareció un maestro espiritual invisible para el resto de los mortales que le reveló grandes secretos sobre el viaje astral, la Atlántida y todos los tópicos del ocultismo, aunque parece que el ectoplasma oriental no llegó a poseerla, como hizo Lobsang con el hijo del fontanero.

En el Skeptic dictionary podréis encontrar una recopilación breve del contenido de las numerosas novelas del supuesto lama: Lobsang conoció al yeti; reconoció las momias de sus anteriores reencarnaciones; supo, por su acceso al saber oculto, que la cordillera del Himalaya se formó por la colisión de la Tierra con otro planeta y aportó otras muchas informaciones de este jaez, todas, como podéis ver, de gran valor científico.

Que sus libros todavía se vendan a un euro (cincuenta céntimos, si regateas) no me sorprende. Lo increíble es que… ¡todavía se imprimen! Ediciones Destino (del grupo Planeta) y Editorial Troquel, de Argentina, siguen publicando sin complejos esta impostura trasnochada. Y leyendo los comentarios de lectores, comprobamos que muchos saben que se trata de invenciones, pero dicen que el libro está bien porque “les ayudaó a abrir la mente” y a “ser mejores personas”. Tengo que reconocer que me sorprende que una patraña pueda servir de ayuda para algo así. La moraleja es que hay personas que están deseando ser engañadas. Su crecimiento interior no les ha proporcionado la sinceridad suficiente para reconocer que se lo creyeron todo como pardillos y que, alentados por el héroe-lama, profundizaron en la autosugestión y la autohipnosis hasta llegar a creerse protagonistas de su propia novela. Hace falta inteligencia emocional para reconcer esas cosas.

La estrella de Oriente está declinando gracias a la globalización. Ahora convivimos con muchos orientales y vemos que no son demasiado misteriosos, van a lo suyo, no parecen preocupados por cuestiones trascendentales y no se les ve levitando casi nunca; además, la mayoría tienen unos gustos en lo que se refiere a música, cine, mobiliario y adorno personal que rayan en lo que toda la vida hemos calificado como “kitsch”.

Qué decepción, Oriente está aquí y tiene más de hortera que de místico.

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